martes, 10 de agosto de 2010

Ni todo vampiros ni solo Quijote Los clásicos siguen en su peana, pero en versión corta - La escuela elige otras lecturas obligatorias para no alejar


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A los 12 o los 14 años un libro puede paladearse como un helado. Los ojos ávidos de sensaciones fuertes, palabras que se deshacen en sabores, intriga hasta la última cucharada. Algo de chocolate oscuro, el cuerpo denso del pistacho, la ligera acidez de la mora.

A los 12 o los 14 años un libro puede paladearse como un helado. Los ojos ávidos de sensaciones fuertes, palabras que se deshacen en sabores, intriga hasta la última cucharada. Algo de chocolate oscuro, el cuerpo denso del pistacho, la ligera acidez de la mora. Los libros que prenden en la adolescencia son un señuelo para lecturas futuras. Expuestos a la fatal atracción de la literatura unida al cine y a las lecturas obligatorias de la ESO y el Bachillerato, los escolares acaban leyendo. Pero, ¿qué ficciones les acompañarán de por vida, qué personajes de los que pueblan ahora su cabeza permanecerán en ellas? Quizás vampiros que recitan a Bécquer o algún que otro Harry Potter disfrazado del Mío Cid. A pesar de todo, ningún Crepúsculo ensombrecerá a Romeo y Julieta ni borrará el eco del Lazarillo una vez leído.

Cada generación tiene unos mitos, sea Emilio Salgari ayer o Harry Potter y la serie Crepúsculo hoy. Junto a ellos el legado de Cervantes, Shakespeare, Baroja, García Lorca, García Márquez, Matute. Unos nutren su imaginario de héroes, sueños e imágenes. Otros ayudan a entender el mundo. ¿O no siempre?

Leer por placer o por obligación: el dilema está ahí. Algunos profesores piensan que leer La Celestina a los 15 años puede inducir a adentrarse en los clásicos. Otros arguyen que la lectura obligatoria de El Quijote o La Regenta a esa edad ahuyentará al joven lector. "Tengo dudas sobre si lo que se recomienda en clase es capaz de empatizar con los alumnos a los que va dirigido", afirma Pedro César Cerrillo, catedrático de la universidad de Castilla-La Mancha y director del Centro de Estudios de Promoción de la lectura y literatura infantil (CEPLI). No solo se refiere a los clásicos. "Cuando se habla de literatura juvenil observo disparidad de criterios y dispersión de títulos", añade. "No basta con que el libro desarrolle una temática juvenil. Tiene que tener calidad. Un elenco en el que entran Jack London y Julio Verne, pero no cualquier novedad coyuntural", precisa.

No es cierto que adolescentes y jóvenes lean poco. Según el Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros que publica trimestralmente la Federación de Gremios de Editores de España, el 97,3% de los jóvenes de entre 14 y 24 años encuestados se declara lector. Eso sí, el 81,2% especifica que practica lecturas digitales. "Los jóvenes de entre 12 y 18 años pueden incluirse en el grupo de lectores habituales, siempre que se entienda la lectura como una actividad que puede llevarse a cabo en diferentes soportes", explica Loles González López-Casero, directora del Centro Internacional del Libro infantil y juvenil (CILIJ). La fuerza de Internet es más grande que nunca. Aunque prefieren el soporte clásico a la hora de leer cómics, novelas o cuentos, se decantan por la pantalla para acceder a periódicos o blogs, además de determinadas redes sociales.

Las ficciones cambian al compás que lo hace el mundo. Y el modo de contarlas lleva el mismo camino. ¿Está cambiando el imaginario de los adolescentes actuales? ¿Varían tanto sus lecturas respeto a las de los adolescentes de otras épocas? Si los clásicos son el eje que une a las diversas generaciones, ¿los profesores de hoy piden los mismos autores que los docentes de ayer?

Los clásicos siguen en su peana hoy como ayer. Pero muchos profesores introducen títulos de literatura juvenil entre el listado de lectura obligatoria, como Zara y el librero de Bagdad, de Fernando Marías, o El palacio de la medianoche, de Carlos Ruiz Zafón, indican en el CILIJ. Según el Barómetro ya citado, el 28,3% de los jóvenes entre 14 a 18 años lee por motivos de estudio, frente al 76,2% que lo hace por placer. No leen más, aducen, por falta de tiempo. Al final, chicos y adultos leen menos de lo que quieren por la misma razón: un cúmulo de obligaciones y aficiones y pocas horas.

"Hay títulos que pueden llevar a los jóvenes a no volver a abrir un libro hasta, en el mejor de los casos, la edad adulta", recuerda Loles González. Se refiere a obras de indudable calidad que requieren un amplio bagaje, desde El Quijote a La Metamorfosis, de Kafka, o La familia de Pascual Duarte, de Cela. Reconoce por el contrario que, dentro de las lecturas obligatorias, hay títulos muy demandados por los chicos, como El nombre de la rosa, de Umberto Eco, o El camino, de Miguel Delibes. No es contradictorio además que junto a ellos se encuentren también libros que requieren cierta formación previa, como El árbol de la ciencia, de Baroja, bastante popular entre los alumnos varones. Al igual que El lazarillo de Tormes y Réquiem por un campesino español, de R. J. Sender, dos de los más solicitados entre las chicas, según los datos del CILIJ. Aunque el que se lleva la palma es El capitán Alatriste, de Pérez Reverte, uno de los más demandados por chicos y chicas.

Muchos profesores saben que hay títulos difíciles, pero no pueden bajar el nivel a ras del suelo. Carmen Colino, catedrática de Lengua y Literatura en el instituto Cervantes de Madrid, piensa, además, que muchos alumnos admiten que si no lo hacen ahora, un poco obligados, quizás aplacen los clásicos sine die. Por otra parte, no hay alumnos tipo en sentido puro. Tampoco son iguales todos los cursos. "A pesar de cierta tónica de desinterés, de pronto llega un curso que aguanta bien el tirón de los clásicos. E incluso siempre hay un grupo reducido que se atreve con una lectura voluntaria más por gusto o para subir nota", dice Colino.

"No existe un canon de lecturas en el currículo escolar. Y debería haberlo. La flexibilidad no está reñida con la coherencia", indica Pedro César Cerrillo. "Pero no terminamos de configurar un elenco de lecturas esenciales. Hace unos años elegí al azar las lecturas de 12 centros educativos situados en seis comunidades autónomas: Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cataluña, Galicia, Madrid y Valencia. Es decir, elegí dos centros por cada Comunidad Autónoma. En 3º y 4º de la ESO encontré una coincidencia de siete títulos en dos centros. En Bachillerato, la disparidad era mayor: sólo había dos lecturas coincidentes en tres centros, y un máximo de nueve en dos", explica. "Ni siquiera dentro de una misma Comunidad había similitudes", agrega. Roberto Bravo de la Barga investigó también en 2005-2006 qué títulos y autores eran los más recomendados en las diversas comunidades autónomas. En la ESO, pocas sorpresas: La lírica medieval, el poema del Mío Cid, El conde Lucanor, Garcilaso, Góngora, El Quijote, El lazarillo, Lope, Bécquer, Espronceda, Galdós... Y en alguna comunidad, Pardo Bazán, Machado o Juan Ramón. Salvo en Andalucía, Baleares y País Vasco, que se limitaban a recomendar fragmentos o lecturas "adecuados". El mismo planteamiento se repite en Bachillerato, aunque en este ciclo se introduce La Celestina y se generaliza la Generación del 27. Además, entre lecturas recomendadas y fragmentos obligatorios tratados en clase el abanico se amplía.

En apariencia, podría haber "un canon oculto", pero Cerrillo lo descarta. Es cierto, asegura, que hay autores que se repiten, pero no coinciden sus obras. Piensa, por tanto, que las autoridades educativas deberían acordar un mínimo común orientativo en todo el territorio, o al menos dentro de cada autonomía. "No sería tan complicado. No creo que en Cataluña, por ejemplo, se eluda a Cervantes o Calderón, aunque se incluya a Joan Martorell. Se trata de mezclar de forma adecuada clásicos en general y contemporáneos al igual que autores españoles y extranjeros", apunta. Cerrillo asume que no es fácil abordar ese canon, justamente por el dilema que subyace entre fomentar el placer de la lectura o formar la competencia lectora de los alumnos. Dos opciones en el fondo irrenunciables. "En los autores clásicos está la historia de la humanidad. Todas las pasiones, las emociones, los sueños... Un lector competente, además, tiene que tener en cuenta el contexto y ser capaz de leer distintos tipos de mensajes y discriminarlos. Incluso para manejarse en la Red", señala.

"Hay cierta confusión entre el papel de la lengua y la literatura y el deseo de no hacerles huir de la lectura", explica Soterraña Rubio, profesora del instituto San Isidro de Madrid. "Se intenta ir detrás de ellos, pero cediendo tampoco se consiguen lectores. Una cosa es la lectura que proporciona placer, y otra la lectura técnica que forma parte de la asignatura de Literatura. Hay que distinguir, además, entre los alumnos de primeros cursos de la ESO a los que se les piden autores que les gustan, como Laura Gallego, y los de Bachillerato. Hay que hacerles ver que al igual que en Física y Química van al laboratorio, en Literatura tienen que aprender una metodología. Otra cuestión es que se les atraiga o no al elegir esas lecturas. Hay algunos que incluso agradecen haber leído en 2º de Bachillerato no ya a Cervantes o García Márquez, sino autores anglosajones como Oscar Wilde, Stevenson (El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde) o Huxley (Un mundo feliz)".

"Más que con héroes conectan con la historia", añade Rubio. En el caso de La Celestina, con su trágica historia de amor. Shakespeare tiene también prestigio, y suele interesar. Al igual que Lorca. La casa de Bernarda Alba sigue gustándoles a pesar del tiempo transcurrido. O Luces de Bohemia, de Valle... Y obras más recientes, como Historia de una escalera o Las bicicletas son para el verano.

La responsable del CILIJ reclama una mayor renovación de títulos. "La mayoría son los mismos que los de la etapa de EGB-BUP, aunque estén a años luz de lo que esperan los jóvenes", replica. Sin embargo, sí se aprecian cambios. "Es raro que se lea a Jovellanos, y pocos profesores piden Don Juan Tenorio, o Don Álvaro y la fuerza del sino". También han bajado Cadalso, o incluso Unamuno. Bécquer resiste bien, "pero se percibe una menor demanda de libros de poesía (frente a la importancia que tuvieron años atrás los textos del 27). Aunque este año se ha notado un pequeño repunte con motivo del centenario de Miguel Hernández en el préstamo de sus obras", precisa González. Por razones opuestas han desaparecido libros que hace unos años tuvieron tirón como Historias del Kronen, de José Ángel Mañas, o la obra de José Luis Alonso de Santos Bajarse al moro.

Algunos profesores, los más lectores, suelen añadir alguna obra nueva año tras año. Normalmente, obras que ellos mismos han leído, ya que los adolescentes suelen descubrir en seguida si el docente conoce lo que recomienda. "Si lees algo que te gusta, lo recomiendas al año siguiente, pero es inevitable ir a remolque", dice Colino. "No puedes leer todo lo que sale".

Carmen Colino y los profesores de su departamento intentan no repetir obras en ESO y Bachillerato para que sus alumnos conozcan más autores. En ambos ciclos se estudia Historia de la Literatura. En 3º de la ESO se llega hasta el XVIII y en 4º se continúa hasta el XX. En 1º de Bachillerato se da otra vuelta de tuerca a la misma materia y se llega hasta el XVII, continuando hasta finales del XX en 2º. Salvando las distancias de edades y madurez, las lecturas pueden ser las mismas, "aunque en la ESO se usan adaptaciones o se leen determinados capítulos. Hay que tener en cuenta que en bachillerato volveremos a ver esos autores, y lo que tratamos es que un curso que ya leyó una obra no la vuelva a dar", explica. "Se intenta elegir obras que no asusten", apunta Rubio. Es decir, no se descartan autores, sino sus obras más largas. Hace años quizás no asustaba Cien años de soledad, pero ahora se cambia por Crónica de una muerte anunciada. Y cuando se trata de que lean a Galdós se elige 19 de marzo, o alguna corta.

Jimena, de 11 años, está leyendo Calvina. Jorge, de 14, El curioso incidente del perro a medianoche. A Jimena Calvina le ha impresionado. "Es un personaje muy raro", comenta. A Jorge le está enganchando el suyo. ¿Serán buenos lectores? "Hay algo que no está resuelto: hay chicos que leen porque les gusta, y otros, como estos, que solo leen determinados libros", dice la madre de ambos. Su prima Alejandra, de 16, acaba de terminar Madame Bovary. "Es interesante, pero hoy día Emma se divorciaría en vez de suicidarse", concluye.
Mitos de ayer y de hoy

Desde Celia a Harry Potter. El historiador Ángel Mato ha investigado los autores más leídos en la escuela de ayer y de hoy. En la dictadura franquista muchas bibliotecas municipales engordaron sus fondos con obras incautadas a Ateneos u otro tipo de bibliotecas, incluidas las procedentes de las Misiones Pedagógicas. "En Asturias, como en otras regiones, la Junta de Depuración eliminó de manera chapucera obras valiosas, a la vez se les colaba alguna otra susceptible de ser apartada según sus baremos", explica. Tras la limpia, la Diputación provincial distribuía los libros en las bibliotecas municipales. "No había demasiados títulos atractivos. Una de las controversias de la época era si se incorporaba a las bibliotecas la subliteratura popular. El lema era Ni rojos ni rosas (por la literatura romántica)", rememora Mato. Estudiantes y jóvenes eran los destinatarios reales de estas bibliotecas. Era una época de miseria material y espiritual y las bibliotecas escolares apenas tenían algo más que libros moralistas. O títulos propios del realismo o el naturalismo local, como Palacio Valdés en Asturias, o Galdós en otras regiones.

"En la posguerra el chico aprendía a leer en la escuela, pero su desarrollo como lector corría por cuenta propia. Para muchos, además, la escuela acababa a los 12 años y la ansiedad lectora se dirigía a través de los quioscos de intercambio a la novela de aventuras: Salgari, Zane Grey, Burroughs, Kipling, Stevenson, Melville...", prosigue el historiador. Mientras, en la escuela, todavía predominaban las lecturas en voz alta sobre personajes edificantes como Juana de Arco.

En la década de los cincuenta empezaron a llegar libros de Delibes, Gironella, Carmen Laforet, Elena Fortún, Matute. "Las lectoras aumentaban, un fenómeno que viene de antiguo", evoca Mato. Los títulos llegaban con cuentagotas: Cuerpos y almas; Los cañones de Navarone... En España triunfaba, además, Marcelino, pan y vino, o Guillermo el proscrito, de Crompton. En los setenta, surge cierta ruptura: el éxito lo alcanzan Enid Blyton y Los cinco..., Heidi, Mujercitas... Y en el cómic, Astérix, Mafalda, Tintín. Al mismo tiempo, se afianza la influencia entre el cine y la literatura: Bonanza, Sandokán... En el terreno escolar, sin embargo, La Celestina se saltaba todavía en clase por razones morales.

Aquellas generaciones soñaban con los mares del sur, la transgresión, la desobediencia a los padres... Conceptos superados por los jóvenes de hoy. "En la actualidad Harry Potter ha desbancado a la novela histórica tal como se conocía, pero de algún modo incorpora a Salgari, Verne, Conan Doyle... Puede que el lector de Harry Potter no lo sepa, pero su autora sí conoce a esos autores y los ha asumido".

sábado, 7 de agosto de 2010

Orce recuerda a Saramago leyendo 'La balsa de piedra' 07.08.10 - 02:11 - JOSÉ UTRERA | ORCE.




http://noticias.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/literatura/orce-recuerda-a-saramago-leyendo-la-balsa-de-piedra_IssSKJuT9IP5qEObpJcw95/

Antes de conocer Castril, José Saramago visitó Orce y Venta Micena y escribió 'La balsa de piedra', con Pedro Orce entre sus principales personajes. El 18 de julio de 2007, Saramago inauguró en la localidad la biblioteca homónima, la misma que ayer organizó una lectura de esta novela en la que participaron los vecinos del pueblo a modo de sencillo homenaje a su hijo adoptivo.
En realidad, el homenaje a Saramago, fallecido el pasado 18 de junio, se está realizando durante todo el verano en el extenso programa cultural que se viene desarrollando en la cuna del primer europeo. Ayer mismo se estrenó en el Castillo de las Siete Torres el espectáculo visual 'Cegueras para un ensayo'. Y en el mismo recinto hay una exposición titulada 'Zezito. Las pequeñas memorias', llegada directamente del pueblo natal del premio Nobel de la Paz, Azinhaga, donde el Premio Nobel portugués nació el 16 de noviembre de 1922.
El alcalde de Orce, José Ramón Olivares, recordó la alegría que le supuso a Saramago el nombramiento de hijo adoptivo de esta localidad granadina y por eso el homenaje que le rinden los vecinos de Orce es desde el agradecimiento.

lunes, 28 de junio de 2010

sábado, 26 de junio de 2010

ANTONIO MUÑOZ MOLINA IDA Y VUELTA Palabras venidas de tan lejos

De pronto he encontrado un recuerdo que no sabía que tuviera. Me he acordado de Blas de Otero, visto de lejos, en Granada, en junio de 1976, en los días tumultuosos del primer homenaje póstumo a García Lorca, Blas de Otero en una tarima a lo lejos, sobre las cabezas de los estudiantes, en la Facultad de Letras, y más lejos todavía en la gran plaza de Fuente Vaqueros, una cabeza blanca, una camisa blanca, una gran boina vasca, un perfil vasco con la barbilla adelantada. Me he acordado de pronto de Blas de Otero porque llevo toda la tarde, todo el día, muchas horas en los últimos días, leyendo un libro suyo que ha tardado más de treinta años en aparecer, que me ha llegado por dos caminos, en dos regalos casi simultáneos, y que ahora está siempre conmigo, sobre la mesa de noche y en el cuarto de trabajo, acompañándome como solo nos puede acompañar la poesía; y cuando hablo de poesía me refiero a algunos libros de versos y también a esa experiencia íntima y suprema que nos ofrecen ciertos momentos de la vida y unas cuantas invenciones del arte: una sensación de intensidad, el estremecimiento de lo verdadero y único, lo que es irrepetible y secreto y sin embargo puede formar parte de la vida de cualquiera, lo que me sucede ahora mismo únicamente a mí y a la vez ha venido siendo común -en el sentido doble de compartido y frecuente- desde que el mundo es mundo, por utilizar una de esas expresiones vulgares que le gustaban tanto a Blas de Otero, quizás porque veía en ellas la expresión más profunda, la poesía impersonal del idioma.

http://www.elpais.com/articulo/portada/Palabras/venidas/lejos/elpepuculbab/20100626elpbabpor_8/Tes

martes, 22 de junio de 2010

Día del Libro

Es difícil no tener amor a los libros, no sólo porque pueden ser nuestros
mejores amigos, sino porque también son nuestros acompañantes continuos
que nos ofrecen entretenimiento, nos enseñan a buscar la sabiduría,
a provocar la inteligencia, además de ser el medio más apropiado para
avanzar por el camino hacia la libertad y el entendimiento. Amar los
libros es signo de inteligencia y de sensibilidad, de buscar la educación,
desarrollar la inteligencia y aumentar la cultura. Los libros son un verdadero
muro que dificulta la equivocación, que lucha contra la indiferencia,
que nos muestra nuestros errores, que esquiva la ignorancia y reaviva la
memoria y el saber. Siempre nos habla en silencio, con prudencia pero
nunca en soledad, dispuestos a evocarnos todas las emociones y recuerdos.
El libro calla hasta que el lector logra dialogar con él, entonces expone
sus razones y ahora sí, exige colaboración, porque es la herramienta más
útil para difundir el saber y la más eficaz. Como cualquier instrumento tiene
sus reglas y sus defectos y hay que utilizarlo con prudencia; esencialmente
son el vehículo más útil para contribuir al desarrollo de la cultura, a la
salvación de los maestros clásicos, al incremento de la ética y del progreso.
Pero no podemos olvidarnos que también hay libros delincuentes que nos
roban el tiempo, falsarios e hipócritas.
Un único libro puede multiplicar los lectores y potenciar a otros muchos
totalmente diferentes, de distintos países, de diferentes idiomas y
de diversas culturas, y esa es otra de las particularidades maravillosas de
este objeto, gracias al cual el saber personal se transforma en información
colectiva y en conocimiento general. Leer es una referencia fiel y segura
que garantiza el progreso y es un instrumento maravilloso para salvar
y conservar la dignidad. Quien se vanaglorie de proteger la verdad, de
buscar la felicidad propia y ajena, de transmitir la ciencia, de aumentar la
sabiduría, encontrará en el libro el camino más seguro y casi exclusivo.
“Dar entrada a autoridades por muy togadas que sean en nuestras
bibliotecas y dejar que nos digan cómo debemos leer, qué debemos leer,
qué calor debemos de dar a lo que leemos, es destruir nuestro espíritu de
libertad. En todas las demás esferas del vivir nos atan mediante leyes,
etc. pero en la lectura no”, escribió Virginia Woolf; y es evidente que la
lectura es un acto individual, libre y selectivo, y que el lector debe de ser
consciente de lo que debe, puede y quiere leer, porque como lectura obligada
o impuesta, como otras tantas cosas, puede ser perfectamente inútil.
El libro siempre está presente en nuestras vidas como algo tan familiar y
cotidiano que por momentos dejamos de admirar el prodigio que representa
y los grandes momentos que aportan a nuestra existencia. El libro puede
ser nuestro amigo, nuestro compañero, pero también puede ser nuestro más
falso amigo cuando se lee en exceso y no se asimila, cuando no se piensa
lo necesario puede llegar a ser un instrumento adulterador de la propia
vida, un falsificador de la existencia, un embaucador, pero no deja de ser
un tramposo con el que colaboramos para que lo sea y le dejamos hasta
el límite justo, porque aunque tiene facultades suficientes para manejar a
su antojo nuestras conciencias, el usuario debe de saber hasta qué punto
debe de llegar. Pueden los libros ser enemigos, pueden ser superfluos,
pueden ser perniciosos y hasta para algunos inútiles, o al menos dudosos
de que puedan ser útiles, pero siempre el libro es sinónimo de libertad.
Desde la invención de la imprenta se lleva especulando con la desaparición
del libro. Desde sus inicios ha evolucionado poco, bastante
poco, porque es un producto casi perfecto y no ha sido necesario que
por él pasaran nuevas reformas ni innovaciones, ni para mejorarlo ni
para cambiarlo, sólo algunos simples retoques sin más. Ni lo necesita ni
lo requiere, es uno de los más grandes inventos de la historia y así va a
quedar. Un objeto maravilloso, tentador y deseado. Todas estas nuevas
disputas y digresiones sobre su desaparición me parecen, al menos en
varias generaciones, totalmente superfluas y que en poco excederán estas
controversias actuales a las del siglo XVI entre antiguos y modernos.
Nunca es tarde para acercarse a los libros como nunca es tarde para
casi nada; además no existe placer más barato, más inocente y mejor remunerado
que el goce que produce la lectura. Señalaba Montesquieu que
la mejor medicina, la única que había encontrado para paliar los disgustos
que la propia vida le daba sólo era una buena lectura. Celebremos este
nuevo 23 de abril cuidando nuestra salud, leamos un libro.
Jesús García Sánchez