Somos
como esos viejos árboles
batidos por el viento
que azota desde el mar.
Hemos
perdido compañeros
paisajes y esperanzas
en nuestro caminar.
Vamos
hundiendo en las palabras
las huellas de los labios
para poder besar
tiempos
futuros y anhelados,
de manos contra manos
izando la igualdad.
Somos
como la humilde adoba
que cubre contra el tiempo
la sombra del hogar.
Hemos
perdido nuestra historia
canciones y caminos
en duro batallar.
Vamos
a echar nuevas raíces
por campos y veredas,
para poder andar
tiempos
que traigan en su entraña
esa gran utopía
que es la fraternidad.
Somos
igual que nuestra tierra
suaves como la arcilla
duros del roquedal.
Hemos
atravesado el tiempo
dejando en los secanos
nuestra lucha total.
Vamos
a hacer con el futuro
un canto a la esperanza
y poder encontrar
tiempos
cubiertos con las manos
los rostros y los labios
que sueñan libertad.
Somos
como esos viejos árboles.
"O amor pela leitura é algo que se aprende mas não se ensina. Da mesma forma que ninguém nos pode obrigar a enamorar-nos, ninguém nos pode obrigar a amar um livro. São coisas que ocorrem por razões misteriosas, mas estou convencido que há um livro que espera por cada um de nós. Em algum lugar da biblioteca há uma página que foi escrita somente para nós" (Alberto Manguel) —
viernes, 8 de octubre de 2010
miércoles, 29 de septiembre de 2010
La Diputación organiza rutas para visitar los árboles legendarios de la provincia
GRANADA
La Diputación organiza rutas para visitar los árboles legendarios de la provincia
Relata en su web curiosidades y leyendas que van desde el laurel de Isabel la Católica al ciprés del Generalife
26.08.08 -
IDEAL
La Diputación organiza rutas para visitar los árboles legendarios de la provincia
Ciprés que puede verse en los paseos del Generalife. /RAMÓN L. PÉREZ
Los laureles tras los que se ocultó Isabel la Católica con sus hijos de un ataque de los moros en 1491 o el ciprés del Generalife al que la leyenda atribuye el papel de testigo de la venganza de Boabdil son dos de los árboles que permanecen enraizados en la memoria de Granada.
La curiosidad de la Reina de Castilla por ver de cerca la ciudad que todavía no había conquistado desató, el 18 de junio de 1491, una batalla entre el ejército del marqués de Cádiz -que acompañaba a la monarca por La Zubia- y el del enemigo musulmán, que salió al paso de la comitiva y estuvo a punto de atrapar a la familia real de no ser por los arbolillos tras los que se escondieron, que desde entonces se conocen como 'Los laureles de la reina'.
La anécdota la recoge la Diputación de Granada en el marco de una de las rutas turísticas propuestas en su página web y en la que invita a los curiosos a visitar algunos de los árboles legendarios de la provincia.
Es el caso del Ginko Biloba del jardín botánico, definido por los botánicos José Tito y Manuel Casares como «un fósil viviente» -sus parientes más lejanos proliferaron en el paleozoico-, que inspiró los versos de la poetisa granadina Elena Martín Vivaldi: «Un árbol. Bien. Amarillo / de otoño. Y esplendoroso / se abre al cielo, codicioso / de más luz. Grita su brillo / hacia el jardín. Y sencillo, / libre, su color derrama / frente al azul».
'Árboles de las pagodas'
Este árbol caducifolio fue plantado en el jardín botánico granadino en 1889 y a su especie se le conoce en Europa como 'árboles de las pagodas', por encontrarse habitualmente cerca de los templos de Japón, donde se les considera sagrados.
La historia granadina concede también un papel destacado a dos cipreses que, aunque fueron menguados por un rayo en diferentes épocas, aún permanecen en pie.
A uno de ellos se le ha considerado históricamente un cedro, aunque en realidad se trata de una rara variedad de ciprés ('Cupressus lusitanica') originario de México y que fue traído a España en el siglo XVI.
Se trata del cedro de San Juan de la Cruz, situado en el Carmen de los Mártires, junto a la Alhambra, cuya plantación se le atribuye al cofundador de la orden de Carmelita durante su estancia en Granada. Esta orden pudo elegirlo por su altura como simbólico vehículo que facilita la unión mística, apunta la web de la Diputación.
El segundo ciprés legendario es aquél que fue testigo del amor clandestino que la reina Morayma, esposa de Boabdil, mantuvo con uno caballero de la tribu de los Abencerrajes en un patio del Generalife.
Los encuentros de ambos amantes a la sombra del árbol, que aparece en un grabado de 1500 bastante crecido, provocó la ira del monarca musulmán, quien como represalia ordenó degollar a varios miembros de la noble tribu en la sala de la Alhambra que, desde entonces se conoce como 'Sala de los Abencerrajes'.
Por otra parte, Granada alberga uno de los escasos bosquetes de secuoyas de Europa, en la Sierra de la Sagra, cuyos habitantes designan a la arboleda como 'Las mariantonias'.
La arboleda cuenta con varios ejemplares de secuoya, de los tipos 'Sequoiadendron giganteum' y 'Sequoia sempervirens', de los cuales los trece mejor conservados se encuentran dentro de una finca vallada, propiedad del barón de Bellpuig.
Llevan plantadas en la finca de La Losa alrededor de 165 años -estos árboles pueden llegar a vivir diez siglos-, alcanzan una altura aproximada de 50 metros y el perímetros de su tronco mide 7,1 metros.
La Diputación organiza rutas para visitar los árboles legendarios de la provincia
Relata en su web curiosidades y leyendas que van desde el laurel de Isabel la Católica al ciprés del Generalife
26.08.08 -
IDEAL
La Diputación organiza rutas para visitar los árboles legendarios de la provincia
Ciprés que puede verse en los paseos del Generalife. /RAMÓN L. PÉREZ
Los laureles tras los que se ocultó Isabel la Católica con sus hijos de un ataque de los moros en 1491 o el ciprés del Generalife al que la leyenda atribuye el papel de testigo de la venganza de Boabdil son dos de los árboles que permanecen enraizados en la memoria de Granada.
La curiosidad de la Reina de Castilla por ver de cerca la ciudad que todavía no había conquistado desató, el 18 de junio de 1491, una batalla entre el ejército del marqués de Cádiz -que acompañaba a la monarca por La Zubia- y el del enemigo musulmán, que salió al paso de la comitiva y estuvo a punto de atrapar a la familia real de no ser por los arbolillos tras los que se escondieron, que desde entonces se conocen como 'Los laureles de la reina'.
La anécdota la recoge la Diputación de Granada en el marco de una de las rutas turísticas propuestas en su página web y en la que invita a los curiosos a visitar algunos de los árboles legendarios de la provincia.
Es el caso del Ginko Biloba del jardín botánico, definido por los botánicos José Tito y Manuel Casares como «un fósil viviente» -sus parientes más lejanos proliferaron en el paleozoico-, que inspiró los versos de la poetisa granadina Elena Martín Vivaldi: «Un árbol. Bien. Amarillo / de otoño. Y esplendoroso / se abre al cielo, codicioso / de más luz. Grita su brillo / hacia el jardín. Y sencillo, / libre, su color derrama / frente al azul».
'Árboles de las pagodas'
Este árbol caducifolio fue plantado en el jardín botánico granadino en 1889 y a su especie se le conoce en Europa como 'árboles de las pagodas', por encontrarse habitualmente cerca de los templos de Japón, donde se les considera sagrados.
La historia granadina concede también un papel destacado a dos cipreses que, aunque fueron menguados por un rayo en diferentes épocas, aún permanecen en pie.
A uno de ellos se le ha considerado históricamente un cedro, aunque en realidad se trata de una rara variedad de ciprés ('Cupressus lusitanica') originario de México y que fue traído a España en el siglo XVI.
Se trata del cedro de San Juan de la Cruz, situado en el Carmen de los Mártires, junto a la Alhambra, cuya plantación se le atribuye al cofundador de la orden de Carmelita durante su estancia en Granada. Esta orden pudo elegirlo por su altura como simbólico vehículo que facilita la unión mística, apunta la web de la Diputación.
El segundo ciprés legendario es aquél que fue testigo del amor clandestino que la reina Morayma, esposa de Boabdil, mantuvo con uno caballero de la tribu de los Abencerrajes en un patio del Generalife.
Los encuentros de ambos amantes a la sombra del árbol, que aparece en un grabado de 1500 bastante crecido, provocó la ira del monarca musulmán, quien como represalia ordenó degollar a varios miembros de la noble tribu en la sala de la Alhambra que, desde entonces se conoce como 'Sala de los Abencerrajes'.
Por otra parte, Granada alberga uno de los escasos bosquetes de secuoyas de Europa, en la Sierra de la Sagra, cuyos habitantes designan a la arboleda como 'Las mariantonias'.
La arboleda cuenta con varios ejemplares de secuoya, de los tipos 'Sequoiadendron giganteum' y 'Sequoia sempervirens', de los cuales los trece mejor conservados se encuentran dentro de una finca vallada, propiedad del barón de Bellpuig.
Llevan plantadas en la finca de La Losa alrededor de 165 años -estos árboles pueden llegar a vivir diez siglos-, alcanzan una altura aproximada de 50 metros y el perímetros de su tronco mide 7,1 metros.
jueves, 23 de septiembre de 2010
El porqué de que hoy llegue el otoño La estación acabará el 22 de diciembre con la llegada del invierno EP / MADRID Día 23/09/2010 - 08.16h
http://www.abc.es/20100923/sociedad/otono-peculiaridades-201009230652.html
El otoño ha llegado este jueves, 23 de septiembre, a las 5. 09 horas (hora peninsular) y durará 89 días y 20 horas. La estación acabará el 22 de diciembre con la llegada del invierno, según el Instituto Geográfico Nacional. Así, el otoño comenzará a la vez en el hemisferio norte, al tiempo en que comienza la primavera en el hemisferio sur.
El inicio astronómico de las estaciones viene dado, por convenio, como el instante en que la Tierra pasa por una determinada posición de su órbita alrededor del Sol. Esta posición, en el caso del otoño, es desde la que el centro del Sol visto desde la Tierra cruza el ecuador celeste en su movimiento aparente hacia el sur. El día en que esto sucede, la duración del día y la noche prácticamente coinciden, y por eso, a esta circunstancia se la llama también equinoccio de otoño. En este instante en el hemisferio sur se inicia la primavera.
El equinoccio de otoño puede darse en cuatro fechas distintas, que van del 21 al 24 de septiembre. A lo largo del siglo XXI el otoño se iniciará en los días 22 y 23 de septiembre (fecha oficial española), siendo su inicio más tempranero el del año 2096 y el inicio más tardío el de 2003.
El motivo por el que la fecha varía de un año a otro se deben al modo de la secuencia de los años según el calendario, ya que unos años son bisiestos y otros no, con la duración de cada órbita de la Tierra alrededor del Sol (duración conocida como año trópico).
El otoño ha llegado este jueves, 23 de septiembre, a las 5. 09 horas (hora peninsular) y durará 89 días y 20 horas. La estación acabará el 22 de diciembre con la llegada del invierno, según el Instituto Geográfico Nacional. Así, el otoño comenzará a la vez en el hemisferio norte, al tiempo en que comienza la primavera en el hemisferio sur.
El inicio astronómico de las estaciones viene dado, por convenio, como el instante en que la Tierra pasa por una determinada posición de su órbita alrededor del Sol. Esta posición, en el caso del otoño, es desde la que el centro del Sol visto desde la Tierra cruza el ecuador celeste en su movimiento aparente hacia el sur. El día en que esto sucede, la duración del día y la noche prácticamente coinciden, y por eso, a esta circunstancia se la llama también equinoccio de otoño. En este instante en el hemisferio sur se inicia la primavera.
El equinoccio de otoño puede darse en cuatro fechas distintas, que van del 21 al 24 de septiembre. A lo largo del siglo XXI el otoño se iniciará en los días 22 y 23 de septiembre (fecha oficial española), siendo su inicio más tempranero el del año 2096 y el inicio más tardío el de 2003.
El motivo por el que la fecha varía de un año a otro se deben al modo de la secuencia de los años según el calendario, ya que unos años son bisiestos y otros no, con la duración de cada órbita de la Tierra alrededor del Sol (duración conocida como año trópico).
Balada de otoño (Joan Manuel Serrat)
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece
un niño que el viento mece
con su balada en otoño.
Una balada en otoño,
un canto triste de melancolía,
que nace al morir el día.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados
sobre los campos, llueve.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados...
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece
un niño que el viento mece
con su balada en otoño.
Una balada en otoño,
un canto triste de melancolía,
que nace al morir el día.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados
sobre los campos, llueve.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados...
jueves, 9 de septiembre de 2010
domingo, 22 de agosto de 2010
Viaje por Saramago
http://www.elpais.com/articulo/portada/Viaje/Saramago/elpepusoceps/20100718elpepspor_9/Tes?print=1
Este es un homenaje a un Premio Nobel de literatura fallecido hoy hace justo un mes con las sentidas palabras de su viuda y las evocadoras imágenes que, basándose en diferentes pasajes de sus libros, el fotógrafo tomó por El Alentejo, Trás-Os-Montes, Lisboa, Mafra y Granada
José Saramago escribía libros y abría puertas por las que transitamos hacia una cultura, otros escritores, un modo de entender la vida, un país. Supimos un día que Portugal tiene el tamaño adecuado para que una mujer, Blimunda, lo recorra a pie buscando a su hombre, al que acabará encontrando minutos antes de que la Santa Inquisición lo queme vivo por el nefando crimen de haber ayudado a juntar voluntades humanas y así volar en una pasarola que recorrió los cielos de Lisboa, Mafra, la sierra de Montejunto y los mares de Ericeira en un viaje único porque un fraile culto, un hombre manco y una mujer con poderes juntaron pensamiento y arrojo, valores humanos a los que no renunciaron pese a la amenaza de pagar por ello un precio tan alto como alta es la propia vida, la de cada uno, la de todos. La trinidad laica que formaban Blimunda, Baltasar y Bartolomeu entre sueños y estrecheces oyó tocar a Scarlatti porque la música es aérea y él cómplice en la elevación de los seres humanos, mientras, más allá de los acordes, trabajadores reclutados a la fuerza por el ejército de Don João V construían un convento palacio para conmemorar el nacimiento de Maria Bárbara, y por el que hoy pasean los turistas con Memorial del convento bajo el brazo. Y por llevar el libro entienden mejor la arquitectura y la naturaleza humana. Íntimamente mejor.
En la raya con Extremadura está el Alentejo. Dice Saramago, por haber mirado tal vez desde la moderna altura de un avión, o desde su estatura, quién sabe, que lo que más hay en la tierra es paisaje, a no ser, añade, la abundancia de penas y tantos sueños sin cumplir de gente que él ha conocido bien, los campesinos sin tierra del Alentejo que cruzaron su tiempo esperando el día levantado y principal en el que pudieran decir, por fin, aquí estamos, somos y merecemos lo que la historia nos viene negando. Ese día en que los vivos y los muertos se juntarían en un desfile alegre, al que no faltaría el perro Constante, ni los Maltiempo que se sucedieron en una dinastía siempre pobre, de trabajar de sol a sol, de mudarse de un lugar a otro, estos olivos, estos campos sin sembrar, esta lluvia, el ajuar sobre un burro, el colchón, la olla, poco más tenemos que estos hijos, van al desfile Juan y su mujer Faustina, que juntos comieron pan y chorizo una noche de invierno, y Sara de la Concepción y Domingo Maltiempo, todavía con la soga al cuello, la soga con la que se ahorcó por culpa del vino y del mal vivir, o Tomás Espada con Flor Martinha, tanto tiempo esperándote, decía ella, o la hormiga mayor, que vio en Monte Lavre cómo torturaban a Germano Vidigal mientras ella arrastraba provisiones con las que pretendía llegar hasta el día del desfile, un tiempo en que ninguna policía política mataría a golpes a un hombre, relato verdadero que Saramago reconstruye en Levantado del suelo y que no pudo volver a leer nunca porque no era capaz de aguantar tanta brutalidad. Para distanciarse eligió, a la hora de narrar, el punto de vista de la hormiga, sin saber, o intuyéndolo, que hasta las hormigas, con sus minúsculos cerebros, expresarían alarma, quiénes son estos, de qué vientre han nacido para creerse dueños de otros que también han nacido de vientres, tan iguales todos al nacer, con el mismo futuro, de no mediar las hambrunas y otras maldades que confunden a la genética y ofenden a la ética.
Los paisajes mueren porque los matan, no porque se suiciden. El río Almonda, que pasa por Azinhaga, vio nadar cuerpos jóvenes y en sus aguas se lavaron miles de sábanas que luego, al caer la noche, olían a juncos, que era el olor a limpio de la ropa de los pobres. Ahora nadie podría bañarse en esas aguas, el filósofo tendría que callarse, ni una vez siquiera se podría gozar de la amable tibieza de un río del que se conocen todos los recodos y entrar en él es como entrar en un cuerpo bienamado. Cortaron los olivos, contaminaron el paisaje, se quedó la gente que a sí misma se sucede, los azules de las fachadas, las calles que ya no son de tierra, el recuerdo de unos abuelos altos, que cuidaban cerdos, las estrellas, que dicen que son las mismas, o tal vez sean el reflejo de lo que ya no está. Azinhaga, Ribatejo, caballos a lo lejos, en casa una cama pintada, un fogón, unas sillas, una mesa, un Portugal íntimo y precioso, descrito en Las pequeñas memorias, un país de recuerdos que nos une a todos en las mismas emociones y los mismos desconsuelos. Así éramos, no sabemos lo que hemos ganado ni lo que hemos perdido, no está inventada la máquina de medir la dimensión de la humanidad que transportamos.
El viaje no acaba nunca. Decían que en Orce, Granada, encontraron al hombre más antiguo de la Península. Saramago le dio nombre, le puso Pedro Orce y se fue a ver los caminos de esa región meses antes de hacerla suya para siempre. Entró en cuevas que son casas, conversó con pastores que son nuestros contemporáneos aunque reproduzcan modos de vida que se pierden en el tiempo, tan duros y tan antiguos, juntó en un dos caballos a cinco andantes, tres hombres, dos mujeres, sujetos libres que vivieron proezas antes nunca imaginadas, y más tarde Saramago escribió que no existe ninguna novela que no tenga palabras de más, aunque a otras le falten páginas, de modo que escribió un capítulo nuevo para La balsa de piedra, otro viaje dentro del viaje para ver cómo nacen los ríos, y acabar diciendo, ante las aguas claras y ágiles del Castril, que mirándolas "el tiempo tiene otro sentido, como un instante de eternidad en la atroz brevedad de la duración humana. La nuestra".
Dice Saramago que a Portugal se entra por Camões. También por Eça de Queiroz, por Teixeira de Pascoaes, por Camilo Castelo Branco, por Sophia de Mello Breyner, por los poetas, luminosa constelación, por Fernando Pessoa, siempre por Fernando Pessoa en su estupenda complejidad. Hace años escribió José Donoso que si Lisboa desapareciera pero quedara un ejemplar de El año de la muerte de Ricardo Reis, el espíritu de la ciudad estaría salvado. La ciudad que se mira a sí misma, desconfiada, arañada de caminos que se cruzan, para ir, tal vez para volver, raíles de tranvías, calles tortuosas, la sombra de un deseo, el silencio pesado, la monotonía de los coches, un olor doméstico del jabón de almendra, la mujer que camina segura, la que mira a lo lejos enredada en convenciones mientras su mano inerte le dicta la vida y tal vez la soledad. Y un beso prolongado, tanto y tanto, un encuentro de dos hombres, el que no existe porque murió, el que no puede existir porque era invención. Fernando Pessoa, Ricardo Reis, la sabiduría de contentarse con contemplar el mundo desmentida en más de 400 páginas, la sabiduría de expresar la tristeza humana contada en más de 400 páginas. "Aquí, donde el mar acaba y la tierra empieza". "Aquí, donde el mar ha acabado y la tierra espera".
Salió Saramago de su país para entrar con ojos nuevos. Lo recorrió de Norte a Sur y de Este a Oeste. Utilizó carreteras secundarias, caminos vecinales y todos los desvíos que le llevaran al interior de las cosas. Eligió describir piedras en vez de paisajes, aldeas en vez de palacios, un cuadro de una esquina frente al gran retablo mil veces reproducido por su innegable belleza. Pero se quedó con la Pietá de Belmonte y con el palio de Cidadelhe, tan amorosamente custodiado, de Sintra, del palacio de la Pena dio señal, pero se detuvo describiendo cierta forma de amasar el pan y dar de comer, tan necesaria para la justicia del mundo. Viaje a Portugal no es una guía, es un testamento, una manera de mirar y ver. De descubrir la huella de la mano que levantó el monumento, la respiración de las piedras, el latido extremo de una civilización que se acaba y nadie puede decir si para bien.
Unos meses antes de morir Saramago recorrió Portugal, una vez más su país, Constância, Camões, el Tajo, Castelo Novo, el Río Coa, los olivos, las vides, Figueira de Castelo Rodrigo, la historia. Saramago murió con los ojos llenos de un país que no es grande, pero a él le dio vida y a cambio él le fue ofreciendo los libros que escribía. Portugal era el mundo desde el que José Saramago se hacía todas las preguntas y trataba de encontrar alguna respuesta. Viajó, decía, por Portugal, siguiendo la ruta de un elefante que tuvo que llegar hasta Viena por una absurda decisión real. Y Saramago, como el elefante Salomón, partió desde Belén país adentro, con la emoción de quien sabe algo de la condición humana y permanece dispuesto a la sorpresa. En Castelo Novo leyó en voz alta unas líneas escritas 30 años antes: "Castelo Novo es uno de los más conmovedores recuerdos del viajero. Tal vez vuelva, tal vez no vuelva nunca, tal vez evite volver, solo porque hay experiencias que no se repiten". Volvió y quizá aún esté allí: al fin y al cabo, como dice el epílogo de El viaje del elefante, "siempre acabamos llegando a donde nos esperan". A Portugal, sin duda, y desde Portugal, a todos sus lectores.
Este es un homenaje a un Premio Nobel de literatura fallecido hoy hace justo un mes con las sentidas palabras de su viuda y las evocadoras imágenes que, basándose en diferentes pasajes de sus libros, el fotógrafo tomó por El Alentejo, Trás-Os-Montes, Lisboa, Mafra y Granada
José Saramago escribía libros y abría puertas por las que transitamos hacia una cultura, otros escritores, un modo de entender la vida, un país. Supimos un día que Portugal tiene el tamaño adecuado para que una mujer, Blimunda, lo recorra a pie buscando a su hombre, al que acabará encontrando minutos antes de que la Santa Inquisición lo queme vivo por el nefando crimen de haber ayudado a juntar voluntades humanas y así volar en una pasarola que recorrió los cielos de Lisboa, Mafra, la sierra de Montejunto y los mares de Ericeira en un viaje único porque un fraile culto, un hombre manco y una mujer con poderes juntaron pensamiento y arrojo, valores humanos a los que no renunciaron pese a la amenaza de pagar por ello un precio tan alto como alta es la propia vida, la de cada uno, la de todos. La trinidad laica que formaban Blimunda, Baltasar y Bartolomeu entre sueños y estrecheces oyó tocar a Scarlatti porque la música es aérea y él cómplice en la elevación de los seres humanos, mientras, más allá de los acordes, trabajadores reclutados a la fuerza por el ejército de Don João V construían un convento palacio para conmemorar el nacimiento de Maria Bárbara, y por el que hoy pasean los turistas con Memorial del convento bajo el brazo. Y por llevar el libro entienden mejor la arquitectura y la naturaleza humana. Íntimamente mejor.
En la raya con Extremadura está el Alentejo. Dice Saramago, por haber mirado tal vez desde la moderna altura de un avión, o desde su estatura, quién sabe, que lo que más hay en la tierra es paisaje, a no ser, añade, la abundancia de penas y tantos sueños sin cumplir de gente que él ha conocido bien, los campesinos sin tierra del Alentejo que cruzaron su tiempo esperando el día levantado y principal en el que pudieran decir, por fin, aquí estamos, somos y merecemos lo que la historia nos viene negando. Ese día en que los vivos y los muertos se juntarían en un desfile alegre, al que no faltaría el perro Constante, ni los Maltiempo que se sucedieron en una dinastía siempre pobre, de trabajar de sol a sol, de mudarse de un lugar a otro, estos olivos, estos campos sin sembrar, esta lluvia, el ajuar sobre un burro, el colchón, la olla, poco más tenemos que estos hijos, van al desfile Juan y su mujer Faustina, que juntos comieron pan y chorizo una noche de invierno, y Sara de la Concepción y Domingo Maltiempo, todavía con la soga al cuello, la soga con la que se ahorcó por culpa del vino y del mal vivir, o Tomás Espada con Flor Martinha, tanto tiempo esperándote, decía ella, o la hormiga mayor, que vio en Monte Lavre cómo torturaban a Germano Vidigal mientras ella arrastraba provisiones con las que pretendía llegar hasta el día del desfile, un tiempo en que ninguna policía política mataría a golpes a un hombre, relato verdadero que Saramago reconstruye en Levantado del suelo y que no pudo volver a leer nunca porque no era capaz de aguantar tanta brutalidad. Para distanciarse eligió, a la hora de narrar, el punto de vista de la hormiga, sin saber, o intuyéndolo, que hasta las hormigas, con sus minúsculos cerebros, expresarían alarma, quiénes son estos, de qué vientre han nacido para creerse dueños de otros que también han nacido de vientres, tan iguales todos al nacer, con el mismo futuro, de no mediar las hambrunas y otras maldades que confunden a la genética y ofenden a la ética.
Los paisajes mueren porque los matan, no porque se suiciden. El río Almonda, que pasa por Azinhaga, vio nadar cuerpos jóvenes y en sus aguas se lavaron miles de sábanas que luego, al caer la noche, olían a juncos, que era el olor a limpio de la ropa de los pobres. Ahora nadie podría bañarse en esas aguas, el filósofo tendría que callarse, ni una vez siquiera se podría gozar de la amable tibieza de un río del que se conocen todos los recodos y entrar en él es como entrar en un cuerpo bienamado. Cortaron los olivos, contaminaron el paisaje, se quedó la gente que a sí misma se sucede, los azules de las fachadas, las calles que ya no son de tierra, el recuerdo de unos abuelos altos, que cuidaban cerdos, las estrellas, que dicen que son las mismas, o tal vez sean el reflejo de lo que ya no está. Azinhaga, Ribatejo, caballos a lo lejos, en casa una cama pintada, un fogón, unas sillas, una mesa, un Portugal íntimo y precioso, descrito en Las pequeñas memorias, un país de recuerdos que nos une a todos en las mismas emociones y los mismos desconsuelos. Así éramos, no sabemos lo que hemos ganado ni lo que hemos perdido, no está inventada la máquina de medir la dimensión de la humanidad que transportamos.
El viaje no acaba nunca. Decían que en Orce, Granada, encontraron al hombre más antiguo de la Península. Saramago le dio nombre, le puso Pedro Orce y se fue a ver los caminos de esa región meses antes de hacerla suya para siempre. Entró en cuevas que son casas, conversó con pastores que son nuestros contemporáneos aunque reproduzcan modos de vida que se pierden en el tiempo, tan duros y tan antiguos, juntó en un dos caballos a cinco andantes, tres hombres, dos mujeres, sujetos libres que vivieron proezas antes nunca imaginadas, y más tarde Saramago escribió que no existe ninguna novela que no tenga palabras de más, aunque a otras le falten páginas, de modo que escribió un capítulo nuevo para La balsa de piedra, otro viaje dentro del viaje para ver cómo nacen los ríos, y acabar diciendo, ante las aguas claras y ágiles del Castril, que mirándolas "el tiempo tiene otro sentido, como un instante de eternidad en la atroz brevedad de la duración humana. La nuestra".
Dice Saramago que a Portugal se entra por Camões. También por Eça de Queiroz, por Teixeira de Pascoaes, por Camilo Castelo Branco, por Sophia de Mello Breyner, por los poetas, luminosa constelación, por Fernando Pessoa, siempre por Fernando Pessoa en su estupenda complejidad. Hace años escribió José Donoso que si Lisboa desapareciera pero quedara un ejemplar de El año de la muerte de Ricardo Reis, el espíritu de la ciudad estaría salvado. La ciudad que se mira a sí misma, desconfiada, arañada de caminos que se cruzan, para ir, tal vez para volver, raíles de tranvías, calles tortuosas, la sombra de un deseo, el silencio pesado, la monotonía de los coches, un olor doméstico del jabón de almendra, la mujer que camina segura, la que mira a lo lejos enredada en convenciones mientras su mano inerte le dicta la vida y tal vez la soledad. Y un beso prolongado, tanto y tanto, un encuentro de dos hombres, el que no existe porque murió, el que no puede existir porque era invención. Fernando Pessoa, Ricardo Reis, la sabiduría de contentarse con contemplar el mundo desmentida en más de 400 páginas, la sabiduría de expresar la tristeza humana contada en más de 400 páginas. "Aquí, donde el mar acaba y la tierra empieza". "Aquí, donde el mar ha acabado y la tierra espera".
Salió Saramago de su país para entrar con ojos nuevos. Lo recorrió de Norte a Sur y de Este a Oeste. Utilizó carreteras secundarias, caminos vecinales y todos los desvíos que le llevaran al interior de las cosas. Eligió describir piedras en vez de paisajes, aldeas en vez de palacios, un cuadro de una esquina frente al gran retablo mil veces reproducido por su innegable belleza. Pero se quedó con la Pietá de Belmonte y con el palio de Cidadelhe, tan amorosamente custodiado, de Sintra, del palacio de la Pena dio señal, pero se detuvo describiendo cierta forma de amasar el pan y dar de comer, tan necesaria para la justicia del mundo. Viaje a Portugal no es una guía, es un testamento, una manera de mirar y ver. De descubrir la huella de la mano que levantó el monumento, la respiración de las piedras, el latido extremo de una civilización que se acaba y nadie puede decir si para bien.
Unos meses antes de morir Saramago recorrió Portugal, una vez más su país, Constância, Camões, el Tajo, Castelo Novo, el Río Coa, los olivos, las vides, Figueira de Castelo Rodrigo, la historia. Saramago murió con los ojos llenos de un país que no es grande, pero a él le dio vida y a cambio él le fue ofreciendo los libros que escribía. Portugal era el mundo desde el que José Saramago se hacía todas las preguntas y trataba de encontrar alguna respuesta. Viajó, decía, por Portugal, siguiendo la ruta de un elefante que tuvo que llegar hasta Viena por una absurda decisión real. Y Saramago, como el elefante Salomón, partió desde Belén país adentro, con la emoción de quien sabe algo de la condición humana y permanece dispuesto a la sorpresa. En Castelo Novo leyó en voz alta unas líneas escritas 30 años antes: "Castelo Novo es uno de los más conmovedores recuerdos del viajero. Tal vez vuelva, tal vez no vuelva nunca, tal vez evite volver, solo porque hay experiencias que no se repiten". Volvió y quizá aún esté allí: al fin y al cabo, como dice el epílogo de El viaje del elefante, "siempre acabamos llegando a donde nos esperan". A Portugal, sin duda, y desde Portugal, a todos sus lectores.
martes, 10 de agosto de 2010
María Victoria Atencia, La señal DEL DISCRETO LECTOR JUAN MATA
NIÑO DE LA PLAYA
Las manos te ayudaban a mirar lo infinito,
y me hacías castillos sobre los pies descalzos
con adornos dulcísimos y sonrisas inéditas
en tus pómulos tersos.
Destrenzabas enigmas, entreabrías caminos
sin apenas notarlo, dibujabas con palo
tembloroso muñecos sobre la playa húmeda.
Buscador del cristal y la concha más rara,
se escuchaba tu voz, se palpaba revuelta
en las arenas vivas, al helor de la entrada.
Cabalgabas las gotas, el salpicar del agua
sobre tu piel desnuda, como el vuelo de un pájaro
sostenido por nubes.
Convidaban tus brazos extendidos al aire
a estrecharte en la ola y a proclamarte dueño
de la voz de la brisa.
Porque así te recuerdo te convoco en mis horas,
entreabierto a mi anhelo, dulcemente extasiado,
como en aquellos días por cuando agosto suele
enamorarse.
María Victoria Atencia, La señal
http://discretolector.blogspot.com/
Las manos te ayudaban a mirar lo infinito,
y me hacías castillos sobre los pies descalzos
con adornos dulcísimos y sonrisas inéditas
en tus pómulos tersos.
Destrenzabas enigmas, entreabrías caminos
sin apenas notarlo, dibujabas con palo
tembloroso muñecos sobre la playa húmeda.
Buscador del cristal y la concha más rara,
se escuchaba tu voz, se palpaba revuelta
en las arenas vivas, al helor de la entrada.
Cabalgabas las gotas, el salpicar del agua
sobre tu piel desnuda, como el vuelo de un pájaro
sostenido por nubes.
Convidaban tus brazos extendidos al aire
a estrecharte en la ola y a proclamarte dueño
de la voz de la brisa.
Porque así te recuerdo te convoco en mis horas,
entreabierto a mi anhelo, dulcemente extasiado,
como en aquellos días por cuando agosto suele
enamorarse.
María Victoria Atencia, La señal
http://discretolector.blogspot.com/
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