"O amor pela leitura é algo que se aprende mas não se ensina. Da mesma forma que ninguém nos pode obrigar a enamorar-nos, ninguém nos pode obrigar a amar um livro. São coisas que ocorrem por razões misteriosas, mas estou convencido que há um livro que espera por cada um de nós. Em algum lugar da biblioteca há uma página que foi escrita somente para nós" (Alberto Manguel) —
domingo, 20 de mayo de 2012
viernes, 18 de mayo de 2012
DEFENSA DE LA PALABRA EDUARDO GALEANO
jueves, 17 de mayo de 2012
6. MI MAGO
¿Quién soy yo si tiemblo en tu presencia?
Me zahieres si eres esquivo,
me atolondro ante ti cual paloma
ante los diestros halcones de cetrería.
¿Quién soy yo si no me amas?
¡Ay, qué fuertes son los brazos de mi arquero!
¿Quién soy yo sino el nenúfar
que desfallece si a tu pecho la estrechas?
Si tú no oyes mi cántico la música no existe .
¡Oh, tristísimas noches,
con cancelas de hierro en mi garganta¡
Si no paseas las lunas almendradas de tus ojos,
estos versos no existen.
¿Quién soy yo si no me lees?
Eres Mago,
mi Mago:
Un día me harás desaparecer
entre el fuego de tus venas.
http://actaliteraria.blogspot.com.es/2011/10/maria-teresa-bravo-banon.html
lunes, 30 de abril de 2012
Manifiesto Día Internacional del Libro La lectura: Un sinónimo de felicidad
martes, 20 de marzo de 2012
Mentir
Mentir
Un escritor es un hombre que miente.
Abelardo Castillo
¿Qué puede hacer una niña tímida, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa? ¿ Y qué hay en su casa?.
Una mezcla de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade, de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote, varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia, un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas biografías y relatos de viaje, una colección de literatura política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría y, sobre todo, mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura sino el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber cómo se hace cada cosa, cómo está compuesto el universo, cómo se generó la vida en la tierra... porque los libros tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros con el mismo desparpajo, con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas - Nocturno , Chabela , Idiliofilm - que había en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas de sangre de la revista Así* en las que el carnicero envolvía la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para la imaginación de mis ocho, diez años, el mismo valor, porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando historias para contar a mis compañeras de grado, historias que, mentirosa, relataba como propias. Iba a la escuela cada mañana y, en el recreo largo, me sentaba en un banhttp://www.blogger.com/img/blank.gifco de cemento, en el patio, y contaba algo que había leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula. Ellas no sabían que se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha no podemos detener, yo contaba. Lo que no había comprendido aún era que en aquellas historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado, yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.
* Difundida revista de crímenes, en el estilo de periodismo catástrofe, que circulaba en Argentina en los años sesenta.
http://www.teresaandruetto.com.ar/
Un escritor es un hombre que miente.
Abelardo Castillo
¿Qué puede hacer una niña tímida, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa? ¿ Y qué hay en su casa?.
Una mezcla de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade, de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote, varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia, un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas biografías y relatos de viaje, una colección de literatura política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría y, sobre todo, mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura sino el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber cómo se hace cada cosa, cómo está compuesto el universo, cómo se generó la vida en la tierra... porque los libros tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros con el mismo desparpajo, con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas - Nocturno , Chabela , Idiliofilm - que había en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas de sangre de la revista Así* en las que el carnicero envolvía la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para la imaginación de mis ocho, diez años, el mismo valor, porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando historias para contar a mis compañeras de grado, historias que, mentirosa, relataba como propias. Iba a la escuela cada mañana y, en el recreo largo, me sentaba en un banhttp://www.blogger.com/img/blank.gifco de cemento, en el patio, y contaba algo que había leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula. Ellas no sabían que se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha no podemos detener, yo contaba. Lo que no había comprendido aún era que en aquellas historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado, yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.
* Difundida revista de crímenes, en el estilo de periodismo catástrofe, que circulaba en Argentina en los años sesenta.
http://www.teresaandruetto.com.ar/
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