viernes, 2 de noviembre de 2012

Había una vez una gallina roja llamada Marcelina,

Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo. En el establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una familia de granjeros que cuidaba de todos los animales.
Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos sus amigos.
-¿Quién me ayudará a sembrar el trigo? les preguntó.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita.

Y así, Marcelina sembró sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abrió un agujerito en la tierra y lo tapó. Pasó algún tiempo y al cabo el trigo creció y maduró, convirtiéndose en una bonita planta.
-¿Quién me ayudará a segar el trigo? preguntó la gallinita roja.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina.

Y la gallina, con mucho esfuerzo, segó ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acabó, habló muy cansada a sus compañeros:
-¿Quién me ayudará a trillar el trigo?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo trillaré yo.

Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó, volvió a preguntar:
-¿Quién me ayudará a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo llevaré y lo amasaré yo, contestó Marcelina.

Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada, muy tranquilamente preguntó:
- Y ahora, ¿quién comerá la barra de pan? volvió a preguntar la gallinita roja.
-¡Yo, yo! dijo el pato.
-¡Yo, yo! dijo el gato.
-¡Yo, yo! dijo el perro.
-¡Pues NO os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina. Me la comeré yo, con todos mis hijos. Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos

«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»

«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»

Dos de mis tíos, como muchos otros jóvenes, habían emigrado a América para no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América para no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores del Barranco del Lobo.

Yo iba para seis años y todos me llamaban Pardal. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado. Prefería verme lejos que no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, el que me puso el apodo: «Pareces un pardal*».

Creo que nunca he corrido tanto como aquel verano anterior a mi ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.

«i Ya verás cuando vayas a la escuela»

Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancaran las amígdalas con la mano, la forma en que el maestro les arrancaba la jeada del habla, para que no dijesen ajua un ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo**. ¡Muchos palos llevamos por culpa de Juadalagara!» Si de verdad me quería meter miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de pared en la sala con la

*En gallego, gorrión. (N. de la T.)
**En castellano en el original.

Manuel Rivas
La lengua de las mariposas

domingo, 28 de octubre de 2012

TÉ DE LÁGRIMAS

 
 
TÉ DE LÁGRIMAS


Búho sacó una tetera del armario.
- Esta noche haré té de lágrimas - dijo -.
Puso la tetera en sus piernas.
- Ahora - dijo -, comenzaré.
Se quedó muy quieto en su silla y se puso a pensar en cosas tristes.
- Sillas con las patas rotas - dijo Búho -.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
- Canciones que no se pueden cantar - dijo Búho -, porque las letras han sido olvidadas.
Búho comenzó a llorar. Una gran lágrima rodó por su mejilla y cayó en la tetera.
- Cucharas que han caído detrás de la estufa y nunca más serán encontradas - dijo Búho -.
Más lágrimas cayeron en la tetera.
- Libros que nunca más podrán ser leídos - dijo Búho -, porque algunas páginas les han sido arrancadas.
- Relojes que se han detenido - dijo Búho -, y no hay nadie cerca para darles cuerda.
Búho estaba llorando. Grandes lagrimones caían dentro de la tetera.
- Amaneceres que nadie vio porque todo el mundo estaba durmiendo - dijo Búho sollozando -.
- Puré de patatas abandonado en un plato porque nadie quiso comérselo - dijo llorando -. Y lápices que son demasiado cortos para escribir con ellos.
Búho pensó en muchas otras cosas tristes.
Lloró y lloró.
Pronto, la tetera estuvo llena de lágrimas.
- Bueno - dijo Búho -, ¡ya estamos listos! Búho paró de llorar. Puso a hervir la tetera sobre la estufa para hacer té.
Búho se sintió contento mientras llenaba su taza.
- Está un poco salado - dijo -, pero el té de lágrimas siempre sienta muy bien.












sábado, 1 de septiembre de 2012

Ana María Machado

 http://www.imaginaria.com.ar/02/4/machado4.htm

Buenas y malas palabras en los cuentos para niños

por Ana María Machado
Por definición, literatura es el arte de las palabras. Pero pocos géneros literarios tienen lectores tan conscientes del poder mágico que poseen las palabras como la literatura infantil y juvenil. Salvo en ese género, muy raro es el lector capaz de acreditar que un conjunto de palabras tiene poderes para mover parte de una montaña, transformar una piedra en una puerta y revelar tesoros incalculables en su interior —como ocurre con el "Ábrete, Sésamo", en el cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones—. O acreditar que otra expresión pueda hacer que una olla empiece, solita, a cocinar delicias sin fuego debajo ni comida por dentro y, a pesar de eso, al fin pueda matar el hambre de multitudes e, incluso, inundar de comida todo un pueblo si alguien no logra decir las palabras exactas que hagan cesar el fenómeno.
En otro cuento, es el aprendiz de hechicero quien se ve en una situación parecida —sabe las palabras para empezar el sortilegio y no sabe qué decir para terminarlo—. En otros, son otras formas de conjuros y encantamientos, que atrapan o liberan, que hacen que una mesa se cubra de alimento, que un burro descoma monedas o que un bastón golpee a quien no sabe qué decirle. Y están las palabras mágicas de las hadas y de los magos, de las brujas y de los duendes, o sea, un inmenso repertorio de lenguaje actuante, que cambia el desarrollo mismo del cuento. Los cuentos populares están llenos de ejemplos de esa tradición, y no es por casualidad que los niños se apropiaron de ellos y los adoptaron como suyos.
Además, todo el folclore infantil, generalmente como manifestación de cultura oral pasada de una generación a otra, revela de parte de los niños una necesidad de expresar sus emociones básicas (como todo folclore, de todo grupo). Una de esas necesidades es el intento de comprender y, si es posible, controlar el mundo. O, al menos, sentirse como si uno lo controlara. Una de las maneras de hacerlo es por medio de las palabras. Por eso, para los niños, las palabras son mágicas. Como describió Martha Wolfenstein en su clásico Children's Humour.

"El niño cree que cuando aprende los nombres de las personas y las cosas, gana un poder maravilloso sobre ellas. Cuando llama a una persona por el nombre, ¿no es verdad que esa persona aparece y viene a su encuentro? Cuando dice el nombre de una cosa, ¿no se la dan inmediatamente?"
Recuérdese la opinión de filósofos y educadores, subrayando que, según el principio de que la ontogénesis repite la filogénesis, el desarrollo del niño repite las distintas etapas de la evolución humana, desde un punto en que el mundo social era muy pequeño y limitado, bastando una comunicación pre-verbal, hasta el punto en que el desarrollo del grupo social, que se apoyó en el lenguaje, traspasa los límites de la familia y comprende la tribu. Ese momento corresponde a la aparición de la literatura oral, con fórmulas encantatorias, mitos, rituales, rimas, poemas cantados, juegos con fórmulas de repetición, etcétera.
En su libro Don't Tell the Grown-Ups - Subversive Children's Literature, Alison Lurie desarrolla un poco más esa idea, y describe cómo funciona el proceso que atribuye poder mágico a la palabra. Dice ella:

"Imagínese un bebé en el punto de aprender a hablar. Toda su vida, hasta ese momento, ha sido inarticulada. Si quiere algo, lo único que pude hacer es gritar, llorar, o decir —Uh, uh, uh—. Entonces, de repente, de alguna manera, se le revela el propósito del lenguaje. Y, en seguida, después de lo que debe ser una lucha tremenda, el poder del discurso. Aunque todos hemos experimentado eso, es difícil imaginar ahora la excitación inmensa del poder que debemos haber sentido la primera vez que hemos dicho 'Mamá" o "Galleta" y hemos visto que aparecía lo que deseábamos. Sin duda, es de esa experiencia que viene el poder de las palabras mágicas y de los conjuros en los cuentos de hadas."
Estoy enteramente de acuerdo con ella. Y sabemos todos que los cuentos de hadas son los ejemplos más evidentes de esa creencia en el poder concreto (y concretizante, materializante) de las palabras excluyéndose la Biblia, por supuesto, que nos afirma que en el principio era el Verbo. Y que el Verbo era Dios.
Una de las colecciones de cuentos de hadas más celebrados, la de Perrault, incluye un cuento que ilustra como pocos ese poder de la palabra que llamé materializante, el poder de nombrar y, con eso, hacer existir. Precisamente el cuento que se llama "Las hadas" Se trata de dos hermanas, una buena y solidaria, otra mala y egoísta, a quienes les ocurren destinos contrarios según sus actitudes con una viejecita pobre que les pide agua. Lo que nos importa acá es el ejemplo de la materialización de las calidades morales de cada una: al final del cuento, por obra de la vieja (que, en realidad, era un hada), para cada palabra que dice la hermana buena, salen de su boca flores, perlas y diamantes, mientras a cada palabra de la otra hermana le sale de la boca una serpiente o un sapo. Es difícil crear una imaginería más elocuente y directa para distinguir buenas y malas palabras en un cuento para niños.
Pero, además, como las palabras se presentan con tanto poder, es inevitable que exciten la curiosidad del niño y despierten sus reflexiones sobre ellas, sus especulaciones intelectuales. Probablemente, en la raíz del descubrimiento de una voluntad (o vocación) de escribir, está esa fascinación, ese gusto por tratar a las palabras como juguetes inagotables. Por lo menos, puedo garantizar que a mí me ocurrió eso. Los críticos señalan que ésa es una de las características más salientes de mis libros, y reconozco que tienen toda razón. Escribir, para mí, es explorar palabras, antes que nada. De esa exploración nacen los personajes, los escenarios donde se mueven, las situaciones que viven. De la misma manera, los libros que más me gustan son los que tienen afinidades con esa visión.
Uno de los clásicos contemporáneos que me encanta conpletamente y no me canso de leer y releer, es Winny de Puh, del inglés A. A. Milne. Con mucha ironía, el personaje que se presenta como un Oso de Muy Poco Cerebro enfrenta a todas las palabras difíciles del mundo de los adultos, sin tenerles miedo. Así que consigue ir con su amigo Porquete a cazar un Pelifante y es capaz de tratar a las palabras de una manera muy especial. Por ejemplo, cuando su amigo líyoo pierde su rabo, el osito recurre al Búho, el "sabio" del bosque. Y éste le dice:
"—Bueno, (...) el procedimiento acostumbrado en tales casos es como sigue...
"—¿Qué quiere decir eso de Padecimiento Constipado o Talegazos? —preguntó Puh—. Yo soy un Oso de Poco Cerebro y las palabras muy largas me dan dolor de cabeza.
"—Quiere decir Lo Que Hay Que Hacer.
"—Ah, bueno, si sólo quiere decir eso, no me importa —dijo Puh humildemente.
"—Lo que hay que hacer es lo siguiente: primero llenar de afiches el Bosque y luego...
"—Un momento —dijo Puh levantando la mano—. ¿Qué has dicho de llenar el Bosque? Como has estornudado, no te he entendido bien.
"—Yo no he estornudado.
"—Sí, Búho, has estornudado.
"—Perdona, Puh, pero no es verdad. No se puede estornudar sin uno saberlo.
"—Y no se puede saber sin uno haber estornudado.
"—Lo que yo he dicho es: "Primero Llenar de Afiches el Bos..."
"—Ya has vuelto a estornudar —dijo Puh con tristeza."
En otra ocasión, hacen todos una expedición —o una expodición, como dicen— al Polo Norte, que nadie sabe dónde es, ni qué es. Hasta que, por casualidad, Puh encuentra un largo palo que utiliza para sacar del río al pobre burrito líyoo que se cayó en el agua y, después de mirarlo con atención, Christopher Robin le dice "con solemnidad".
"—Puh (...), la Expedición ha terminado. Has encontrado el Palo Norte" (1)
Todas esas situaciones están muy de acuerdo con el universo del niño, donde las palabras existen por sí mismas y desarrollan vida propia. Portada de "Palabras, palabritas y palabrotas"Cuando me pidieron que hablara hoy sobre el tema, me dijeron que era debido a mi libro Palabras, palabritas y palabrotas. (2) Un libro que, para mí, no era sobre palabras, sino sobre otras cosas. Sólo cuando ya estaba listo, y yo le buscaba un título, se me ocurrió darle ése, porque me di cuenta de la importancia que en él tenía la exploración del lenguaje. Pero, en realidad, eso no fue intencional. Y si hablo un poco ahora de cómo se fue desarrollando ese texto en mi trabajo, es para compartir con ustedes un poco de los misterios de la creación literaria.
Soy la primera de nueve hermanos. Ocho veces vi a mi mamá embarazada, preparando pañales, cuna, ropitas para alguien que iba a llegar y atraer toda su atención, como si yo no bastara. Hoy día, mis hermanos y hermanas son mis amigos más íntimos y no consigo imaginar mi vida sin ellos. Pero en algún rincón de mi memoria está el recuerdo de una mezcla de sentimientos complejos que yo tenía de esos momentos. Celos, por supuesto, antes de todo. Pero, además, hambre de más amor, miedo de perder a mi madre, una cierta vergüenza de su sexualidad evidente, culpa por no sentir el entusiasmo que debería, tanta cosa... Sin embargo, yo me sentía sola y quería amigos. Antes que naciera mi primer hermano, cuando yo tenía tres años, mi compañero de juegos era una amiga invisible —indicio de que me sentía sola— que me seguía para todas partes, con quien yo compartía todo y de quien nunca más hablé desde que mi hermano nació.
Pero a finales de los años setenta, cuando yo vivía divorciada, con mis dos hijos del primer matrimonio, y mi ex marido contó que iba a ser padre otra vez, la primer reacción de mi hijo Pedro (entonces con unos siete años) fue decir:
—Se va a llamar Cusfosfós —Cuchuflito.
Y durante meses, sólo se refería así a su futuro hermanito, imaginando varias situaciones ridículas para ese nombre ridículo. No era un amigo imaginario, sino un exorcismo. Que le sirvió muy bien, pues después que el bebé nació, se hicieron muy amigos. Pero, en la ocasión, me dejó perpleja. Yo no sabía qué hacer. Le hablaba mucho y me di cuenta de que, en realidad, esa palabra que él había inventado de un instante a otro estaba sustituyendo unas cuantas malas palabras que él quería decir, no al hermanito, sino a nosotros, adultos (padre y madre que nos divorciáramos, madrastra que desposara a su papá), pero sabía que no debía decirlas porque éramos adultos. Entonces, creó una palabra mágica, aparentemente dirigida a un futuro niño. Al mismo tiempo, decía palabrotas, o malas palabras, todo el tiempo, en todas las situaciones. Se me ocurrió hacer un cuento con eso y con el recuerdo de mis propios sentimientos de hermana en mi niñez. Por algunos meses, hablamos de todo eso —del cuento, de mí, de la niña que inventé como personaje, de las palabras tabúes—. Y, al fin, todo era motivo de risa.
Después de pasado el episodio, trabajé el texto de manera más literaria. Me encantó el juego de jamás escribir una sola mala palabra y, sin embargo, lograr que los lectores las leyeran, en un acto literario mágico, llamados a crear, a ver lo que no está. Fue divertido hacer esa experiencia. Y resultó en un cuento liberador y subversivo, como me parece que debe ser la literatura.
Porque, en realidad, toda palabra en un contexto literario puede ser mágica, romper cadenas, hacer volar. Y no hay ninguna razón para que, en cuentos para niños, uno olvide ese poder del lenguaje.

Notas
  1. De la traducción de Isabel Gortazar para Ediciones Altea, Madrid, 1985.
  2. Editado en Buenos Aires por Emecé, 1987. (Traducción de Rosa S. Corgatelli.)
Trabajo presentado en el I Congreso Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil, Montevideo, Uruguay, junio de 1994.
Texto extraído, con autorización de los editores, del libro Buenas palabras, malas palabras, de Ana María Machado. Buenos Aires, Sudamericana, 1998. Colección La Llave.