sábado, 19 de enero de 2013

No es un día cualquiera [No es un día cualquiera] No es un día cualquiera Sábados y domingos de 8 a 13h con Pepa Fernández No es un día cualquiera - Juan José: "La palabra es el gran juguete del ser humano"


No es un día cualquiera

No es un día cualquiera Sábados y domingos de 8 a 13h con Pepa Fernández

No es un día cualquiera - Juan José Millás: "La palabra es el gran juguete del ser humano"

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viernes, 18 de enero de 2013

TODOS LOS LIBROS LLENOS DE PALABRAS

TODOS LOS LIBROS LLENOS DE PALABRAS

Y todos los libros llenos de palabras
y todos los calendarios llenos de días
y todos los ojos llenos de lágrimas
y llena de nubes la cabeza de todos los mares
y llenos de coronas y puntapiés todos los relojes de arena
y de jirafas molidas todos los pechos condecorados
y todas las manos llenas de verano y caracoles marinos
y todos los dormitorios llenos de manojos de explicaciones
y de pantalones disecados las sillas de todos los prostíbulos
y todos los huecos llenos de público
y todas las camas llenas de electrocutados
y todos los animales llenos de espíritu y pánico
y de feroces gritos los árboles de todos los aserraderos
y todos los tribunales llenos de testimonios
y todos los sueños llenos de sacacorchos
y llenas de chicas todas las estrellas
y todos los libros llenos de palabras
y todos los calendarios llenos de días
y todos los ojos llenos de lágrimas
y todas las peceras y todos los pupitres y todas las cenas íntimas
y todos los razonamientos llenos de indudables edificios
y toda la primavera llena de moscas y crisantemos
y llenas todas las iglesias y todos los calcetines y todas las peluquerías
y todas las mujeres llenas de gloria
y llenos también de gloria todos los hombres
y todas las perreras llenas de ángeles
y todas las llaves llenas de puertas
y todos los bazares llenos de ratones
y llenos de barrenderos todos los cuadros
y llenas de estiércol todas las escobas de la patria
y todas las cabezas llenas de radiografías e intríngulis
y llenas de luz todas las subestaciones eléctricas
y llenos de amor todos los manicomios
y todos los cementerios llenos de salvavidas


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viernes, 11 de enero de 2013

Poemas para el invierno

Poemas para el invierno

http://poesia.about.com/od/poesia.about.com/a/Colecci-On-De-Invierno.htmhttp://poesia.about.com/od/poesia.about.com/a/Colecci-On-De-Invierno.htm

Son muchos los poetas que han dedicado textos a la estación de invierno. Cada poeta nos comunica una forma particular de aproximarse a este tiempo. Algunos hablan de su melancolía, para otros, en cambio, el invierno es ante todo una forma de hablar de esperanza.
Presentamos dos colecciones poéticas para este tiempo del año. La primera: 5 poemas de invierno de escritores clásicos hispanoamericanos. La segunda; una selección de versos de invierno para acompañar las tardes frías.


Poemas de invierno:
En el primer poema "Canción del Invierno" de Manuel Machado, la estación es un manto sombrío en que: "cae la lluvia sucia de las nubes de plomo .../ Y la ciudad no sabe lo que le pasa,/ como el pobre corazón no sabe lo que quiere." No obstante entre esta niebla que domina el poema vislumbra cierta calidéz, que es la del amor que es refugio: "Cerremos la ventana a este cielo de cobre./ Encendamos la lámpara en los propios altares .../y tengamos, en estas horas crepusculares,/una mujer al lado, en el hogar un leño ...,
En el poema de Vicente Huidobro "El Invierno para beberlo", la estación es una explosión de sensaciones propias de este tiempo del año: el paisaje y los sonidos del invierno cuando el: "viento arrastra sus chales de viento". También las imágenes que construyen nuestros gestos cuando "El salón se hincha con el vapor de las bocas y las miradas congeladas cuelgan de la lámpara". El invierno aquí despierta lugares de percepción pues, dice el poeta: "la nieve cae con gusto a universo"
El poema "El soldado y las nieve" de Miguel Hernández habla del soldado cuya vida de viajero se endurece cuando "Diciembre ha congelado su aliento" y cuando la nieve es "como una larga ruina que ataca a los soldados". En este poema, como en otros, el poeta recuerda que el invierno nunca vence el pálpito de las cosas vivas: "sobre la nieve blanca, la vida roja y roja/ hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve."
Los dos últimos poemas se detienen en pequeños detalles a través de los cuáles es posible comunicar una imagen de mundo. En el poema de Juan Ramón Jiménez "Canción de Invierno" se invoca a pájaros que anuncian la primavera con su canto. En el poema de Antonio Machado "Sol de Invierno" un viejecito descubre como el cotidiano sol brilla como un milagro en días fríos.



Canción del Invierno.
Manuel Machado
El invierno para beberlo
Vicente Huidobro
El Soldado y la Nieve
Miguel Hernández
Sol de Invierno
Antonio Machado
Canción de Invierno
Juan Ramón Jiménez


Versos de invierno
Es increíble: pero todo esto
que hoy es tierra dormida bajo el frío,
será mañana, bajo el viento,
trigo.
"En el invierno". Angel González.


Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.
"Jardín de Invierno". Pablo Neruda.

Donde el agua se espesa, una palabra
que se queda en los labios es un hilo de nieve
"Paisaje de Invierno". Basilio Sánchez.

"Yo veo el río como acero oscuro
Bajar entre la nieve.
Veo el espino: llamear en rojo,
agrio fruto de enero.
"Invierno". Antonio Gamoneda.

Van por el cielo nubes grandes
celestes rocas misteriosas
mientras un pájaro abatido
hiere la tarde y se desploma.
"Invierno". José Luis Hidalgo.

Diciembre levanta un cáliz
de pájaros en exilio.
Yo dormida voy soñando
dulces lares encendidos.
"Diciembre". Susana March
!Qué maravillosa es la Naturaleza!
Pues, ¿no da luz la nieve? Inmaculada
y misteriosa, trémula y callada,
paréceme que mudamente reza
al caer… !Oh Nevada!
"Jaculatoria a la nieve". Amado Nervo.
La nieve hace tangible el silencio
y es el desplome de la luz
y se apaga.
"Noche y nieve". José Emilio Pacheco.
Al invierno, la antiguedad de sus plantas,
su cetro de rocío en la espesura: respetad
los rostros eternos de los árboles y el viento
en su dominio, cuando cesa todo en torno
y él se inclina.
"Oda al Invierno". Jorge Eduardo Eielson.
Yo vuelo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas.
Debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.
"Jardín de Invierno". Pablo Neruda
Diciembre es esta imagen
de la lluvia cayendo con rumor de tren,
con olor difuso a carbonilla y campo.
Diciembre es un jardín, es una plaza
hundida en la ciudad,
al final de una noche
y la visión en en fuga de unos soportales"
"Del Año Malo". Jaime Gil de Biedma.
El invierno trae caballos blancos que resbalan en la helada.
han encendido fuego para defender los huertos
de la bruja blanca de la helada.
"Poema de invierno". Jorge Tellier.
Huso de la hiladora
a la mañana blanca y nueva.
Chopo desnudo y fino:
entre la niebla
hilas ropas de boda
para la Primavera.
"Chopoe de invierno". Dámaso Alonso.
Nada en orden. Todo roto
a punto de ya no ser.
Pero toco la alegría,
Porque aunque todo esté muerto
yo aún estoy vivo y lo sé.
"Fe de vida". José Hierro.

sábado, 24 de noviembre de 2012

domingo, 18 de noviembre de 2012

José Manuel Blecua

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/11/actualidad/1344712531_692414.html



José Manuel Blecua

El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, de 73 años, tenía que cruzar la ciudad de Zaragoza de lado a lado para ir a la escuela cuando los cortes de luz impedían el uso del tranvía. “El instituto era la vida o al menos la realidad. Era una mezcla muy poderosa de clases”. Estudió Filología Hispánica y durante la carrera jamás dejó de ser un niño.“Las oposiciones ya me obligaron a ser adulto”

José Manuel Blecua, director de la Real Academia de la Lengua, en una imagen de su infancia.
Conoció a la vez “la dureza de la vida” y “el encanto de vivir en libertad”, y eso supone para José Manuel Blecua, filólogo, catedrático, director de la Academia Española, la esencia de su infancia difícil, feliz e inolvidable.
Para ir al instituto, este zaragozano de 1939 tenía que cruzar la ciudad, caminando, de lado a lado; dos horas para ir, dos horas para volver, y así por la mañana, al mediodía, por la tarde, al atardecer. Su padre, José Manuel también, profesor, su maestro, los llevaba de la mano, paso a paso, cuando los cortes de luz impedían el uso del tranvía. “El tranvía era el mundo”.
En ese espacio que él asocia con la libertad de los veranos y con la dureza de los inviernos conoció también el racionamiento. “Teníamos un tío escolapio que no fumaba y todos los hombres de la familia se repartían el tabaco que él acopiaba”.
Esa inclemencia que convirtió el periodo en una especie de noche del siglo tenía muy preocupados a los adultos, “así que nosotros hacíamos lo que nos daba la gana... La anatomía de ese instante por una parte es la dureza de la vida, y por otra, la del encanto de vivir en libertad... Se podía jugar al fútbol en la calle e ir en bicicleta”. Y ese era el paraíso, “al que uno podía llegar antes que ahora”.
Zaragoza era el curso; como entonces el padre y los chicos tenían las mismas vacaciones, los Blecua se iban a Ágreda, en Soria, y ahí, en cierto modo, se hizo el filólogo. “Trillábamos, qué niño trillaría ahora, y eso me sirvió luego para mis estudios de dialectología. Lo que oía decir”. Blecua aprendió en Ágreda a nombrar las cosas del campo. “Nosotros éramos niños que sabíamos trillar, pescar cangrejos, cocinar algunas cosas o poner la rueda de un tractor. Y los niños de ciudad no sabían eso”.
Nombrar y vivir. “Vivir al aire libre era algo maravilloso, o llevar las vacas al abrevadero... Esa doble vida, la de pescar, cazar, trabajar y disfrutar del campo por el día, y la libertad de caminar por las noches bajo el cielo del verano es lo que recuerdo de ese instante”. Y ese instante se parece, del todo, al recuerdo de la infancia. José Saramago decía que uno va con el niño que fue. En la mirada de este señor que ahora viste traje oscuro, lleva camisa blanca y utiliza corbata negra también, hay algo de aquel muchacho que él trae consigo, en la foto que aporta a este relato de su propia niñez. Ese niño recuerda a su padre, para hablar de sí mismo.
“Recuerdo mucho las actitudes de mi padre con nosotros, que además éramos sus alumnos en el instituto. Nos intentaba enseñar a todos que nos teníamos que limpiar los dientes, era imprescindible que lleváramos las manos limpias, las uñas recortadas, que estuviéramos bien peinados... Cuando nos dormíamos en clase, nos castigaba a lavarnos la cara en la fuente y nos pasaba revista a las manos”.
Ahora se lava, se mira las uñas, se las recorta, se peina: delante del espejo, cada día, Blecua es el niño que su padre ayudó a hacer. “Aquel era un tiempo como el que describe Rafael Azcona en sus guiones. Pobreza, no había nada, tristeza en la calle, melancolía en las casas. Comíamos boniatos, siempre comíamos boniatos. Cuando pudo, mi padre ya no volvió a comer boniato nunca más, pero a mí me parecía una cena estupenda. Él los odió para siempre”.
Sobre las cenas y los días sobrevolaba el miedo. El miedo que implantó la dictadura, la incertidumbre atroz de una posguerra en la que se bisbiseaba la política. “El miedo era muy triste... Pero había otras cosas que nos daban una extraordinaria felicidad. El fútbol, por ejemplo. Las retransmisiones de Matías Prats. La radio fue magnífica para nosotros”.
El instituto era la vida, o al menos la realidad. “Una mezcla muy poderosa de clases; había chicos que no tenían zapatos, aunque en algunos casos sus padres tuvieran dinero en sus casas, pero iban a la escuela así. Era un pequeño cosmos que permitía elevar la anécdota a categoría y aprender a vivir sobre la marcha. Por ejemplo, era frecuente que no tuviéramos pelota para jugar al fútbol y hacíamos una de trapo, así jugábamos, aprendiendo a hacer utilidades de las carencias”.
Aprendió el mundo, que diría Juan José Millás. Pero eso no era suficiente. La imaginación fue enseguida el sustento del niño Blecua. “Éramos lectores desde muy chicos. Mi abuelo Antonio nos compraba El Coyote todas las semanas, y en los veranos descubrí las bibliotecas. Había una municipal, que llevaba don Arsenio, el maestro”. Ahí descubrió Kim de la India, de Kipling... “En casa teníamos la colección Araluce... Mary Luz Morales adaptó clásicos como Los argonautas o La Ilíada y La Odisea, ese fue el camino del conocimiento literario”.
La casa era un trasiego de maestros, entre los que destacaban Ricardo Guyón y Francisco Ynduráin
Los niños van viendo a los padres desde abajo, hasta que ya los miran a los ojos. “Cuando eran novios, mi padre era catedrático de un instituto de la República, en la comarca de Cuevas del Almanzora. El 18 de julio fue a ver a su novia a Zaragoza, ahí le sorprendió la guerra y no pudo volver a Cuevas del Almanzora. Se casaron en plena guerra, cuando mi madre tenía 21 años”. El padre era un modesto profesor de instituto, pero por su casa pasaba el mundo. Ramón J. Sender, paisano exiliado, les mandó a los chicos Blecua unos pantalones vaqueros “de los que estábamos orgullosísimos”, y la casa era un trasiego de maestros, entre los cuales fueron muy destacadas las amistades del profesor Ricardo Gullón y Francisco Ynduráin. “Teníamos un padre que viajaba mucho por el mundo, pero era un padre normal que nos llevaba al fútbol los domingos”. La madre, Irene, “era muy dulce, generosa; murió muy pronto, cuando tenía poco más de cincuenta años”.
El padre era, como el Blecua que ahora se mira en el espejo por si aquel lo fuera a revisar, un hombre trabajador y ordenado, “que iba todos los días del año a tomarse el café con los amigos del casino...”. Había boniatos, y a veces había morcillas que el padre e Ynduráin encontraban. En una de esas tiendas, el padre compró “una gabardina inmensa con la que iba a comprar el pan negro del estraperlo...”.
Hay un momento en la que ya el niño deja de serlo. Blecua tuvo ese momento. “Fue una semana en la que preparaba la reválida. Había unos temas que tenía que estudiar, entre los que se incluían algunas biografías. Ahí leí el primer artículo que recuerdo de Ildefonso Manuel Gil que no olvidaré nunca; era sobre Bécquer. Ahí me di cuenta de que el mundo del conocimiento era muy complejo, y obligaba a esforzarse mucho para tratar de dominarlo. En ese momento se terminó mi infancia. Tenía 17 años”.
Pero realmente aquel joven Blecua jamás dejó de ser un niño. Por lo menos durante la carrera. “Las oposiciones ya te obligan a ser adulto... Pero sí, es cierto, mi infancia duró mucho, porque uno en el fondo siempre es un niño, lo sabemos todos”. Trajo consigo su fotografía de niño Blecua, y ahí, si miras bien a los ojos, risueños y curiosos, rodeados de los rizos infantiles, hallas al Blecua de hoy, que acude muy pulcro y muy solemne a actividades a las que seguramente asiste con el niño que fue. Aquel niño, por cierto, comparte con él, aún, el disgusto por los horarios. Por eso es tan puntual.
En esa mirada hay una picardía que viene del abuelo paterno, Manolo, o Manolito, “era el perejil de todas las salsas, un nadador estupendo, nos enseñaba a preparar caracoles, que recogía en el cementerio de Alcolea, decía que esos eran los mejores; contaba chistes verdes divertidísimos y le gustaba ir a los cafés-cantante. Y a los treinta años decidió que ya no trabajaría nunca más”. El abuelo regentaba una pensión, y unos gritos le bastaban para ponerla en marcha. “Con el abuelo materno, Antonino, los chicos tomábamos el vermut, era el que nos compraba los tebeos”. Las abuelas vestían de negro. El otro color que también vistió aquella infancia.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Había una vez una gallina roja llamada Marcelina,

Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo. En el establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una familia de granjeros que cuidaba de todos los animales.
Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos sus amigos.
-¿Quién me ayudará a sembrar el trigo? les preguntó.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita.

Y así, Marcelina sembró sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abrió un agujerito en la tierra y lo tapó. Pasó algún tiempo y al cabo el trigo creció y maduró, convirtiéndose en una bonita planta.
-¿Quién me ayudará a segar el trigo? preguntó la gallinita roja.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina.

Y la gallina, con mucho esfuerzo, segó ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acabó, habló muy cansada a sus compañeros:
-¿Quién me ayudará a trillar el trigo?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo trillaré yo.

Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó, volvió a preguntar:
-¿Quién me ayudará a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo llevaré y lo amasaré yo, contestó Marcelina.

Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada, muy tranquilamente preguntó:
- Y ahora, ¿quién comerá la barra de pan? volvió a preguntar la gallinita roja.
-¡Yo, yo! dijo el pato.
-¡Yo, yo! dijo el gato.
-¡Yo, yo! dijo el perro.
-¡Pues NO os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina. Me la comeré yo, con todos mis hijos. Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos