lunes, 17 de enero de 2011

Biografía - Luis Rosales

Poeta y ensayista español, nacido en Granada el 31 de mayo de 1910 y fallecido en Madrid el 24 de octubre de 1992. Perteneciente a la denominada Generación del 36, de la que, en cierto modo, fue su cabeza visible, dejó un fecundo y brillante legado poético que, a medio camino entre la hondura del sentimiento religioso y la preocupación por el lenguaje, constituye uno de los mejores exponentes de lo que Dámaso Alonso denominó "poesía arraigada" (es decir, la poesía entrañable, de hondo aliento intimista, que centra su atención en los hechos y las figuras de la cotidianidad que rodea al poeta: la familia, la amistad, el hogar, la costumbre, la rutina, etc.). Poeta de gran influencia entre las voces de los jóvenes autores de las generaciones que le sucedieron, el conjunto de su serena y cada vez más depurada producción lírica - que reaccionó en su día bruscamente contra los excesos neogongoristas de algunos de los poetas garcilasistas para postular un nuevo acercamiento a la sobriedad de los modelos clásicos - fue reconocido en 1982 con el prestigioso Premio Cervantes, el galardón literario más importante de las Letras españolas e hispanoamericanas.



Nacido en el seno de una familia acomodada, recibió desde niño una esmerada formación humanística que, sumada a su innata vocación literaria, le condujo en su juventud hasta la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, donde obtuvo el grado de doctor. Integrado, desde muy temprana edad, en los principales círculos literarios de la capital española y de su Granada natal, a pesar de la orientación ideológica de su familia - de claro sesgo falangista - compartió amistad con el poeta y dramaturgo Federico García Lorca, quien se hallaba refugiado en la casa granadina de los Rosales cuando fue capturado por quienes habrían de fusilarlo.



Un año antes de que tuviera lugar este trágico episodio, el joven Luis Rosales ya se había dado a conocer como escritor merced a la publicación de su primer poemario, presentado bajo el título de Abril (1935). Era éste un volumen que, desde el vigor juvenil y la frescura primaveral que venía anunciando desde la sencillez de su título, postulaba, frente a los ya desgastados recursos de la Vanguardia, una recuperación de los moldes clásicos (principalmente, el romance y el soneto) y un regreso a la antigua naturalidad expresiva de la tradición clásica (plasmada aquí en el gusto por las suaves rimas asonantes y, en menor medida, en la amable fluidez del verso libre). Se trata, en definitiva, de una obra paradigmática de la que luego sería bautizada por la crítica como "Generación del 36" (integrada por algunas figuras literarias de la talla de Miguel Hernández, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Rafael Duyos, Dionisio Ridruejo, etc.): desde el dominio omnímodo de un sentimiento que podría identificarse con la ternura, el poeta se sirve de delicadas imágenes -sucesivamente cambiantes- para referirse a las preocupaciones cotidianas, sin despreciar por ello el material poético que, procedente del desarraigo y el dolor, cristaliza en alguna composición de hondo alcance religioso (como la titulada Misericordia).



El intimismo reflejado en esta primera entrega poética de Luis Rosales (que, a la postre, se convertiría en una de las principales señas de identidad de la producción lírica del poeta granadino) está presente también en su segundo poemario, aparecido al término de la Guerra Civil bajo el título de Retablo de Navidad (1940) - publicado, en otras ediciones posteriores, como Retablo sacro del nacimiento del Señor (Madrid: Ed. Paraninfo, 1964) -, en el que la fijación de Rosales por el detalle rutinario aparentemente insignificante vuelve a cobrar altos vuelos poéticos.



Durante la década de los cuarenta, Luis Rosales comenzó a colaborar de forma asidua en algunas de las principales publicaciones del panorama cultural de momento, como la célebre revista Escorial, en cuya fundación tomó parte activa el poeta granadino (en 1943, cuando esta publicación abandonó su inicial orientación falangista para decantarse, bajo la dirección de José María Alfaro, por un tono decididamente católico, el único de los autores del grupo fundacional que permaneció fiel a sus páginas fue Luis Rosales). Además, también colaboró en otras revistas como Isla y Vértice, para acabar asumiendo la dirección, muchos años después, de Cuadernos Hispanoamericanos. Esta asidua presencia de Luis Rosales en la prensa escrita tuvo reflejo también en las páginas del rotativo madrileño ABC, donde dejó estampada su firma en varias de sus célebres "terceras".



A finales de aquel decenio de los cuarenta salió de la imprenta la que tal vez sea la obra maestra de la producción poética de Luis Rosales, publicada bajo el título de La casa encendida (1949). Se trata de un volumen que, concebido en forma de un largo poema unitario, aporta una novedad sorprendente en relación con las dos entregas anteriores del autor granadino: la voz del poeta, presentada hasta entonces como un acento en éxtasis ante la contemplación de la naturaleza, la mujer amada y los objetos familiares que le rodean, cobra ahora un largo aliento de fondo para abarcar una perspectiva narrativa. Triunfa aquí plenamente, desde este planteamiento estructural, la claridad expositiva del verso libre (circunstancia que no sorprendió a los lectores atentos de Rosales, quienes ya conocían los tempranos escarceos versolibristas del poeta plasmados en Abril); pero ya no al servicio de esa "poesía pura" que, al amparo de las diversas estéticas vanguardistas, propagó la validez de los nuevos cauces formales que arremetían contra la rigidez de los moldes métricos tradicionales, sino ahora empleado en la narración de unos hechos verídicos que se convierten en material poético.



La anécdota, en efecto, despreciada por los valedores de la "poesía pura" como una de las peores contaminaciones que amenazaban su pretensión de pureza, vuelve a adquirir carta de naturaleza poética en La casa encendida, donde el poeta comienza presentándose a sí mismo como un ser silencioso y cansado, abatido ante la contemplación de un paisaje nevado - su desolada existencia - sobre el que han desaparecido las huellas de lo que, tiempo atrás, identificaba con su propio yo. De repente, en medio de la tristeza que transfiere esta imagen de la casa del poeta en penumbra, una habitación se ilumina, lo que da pie a la irrupción poderosa y fecunda de la memoria, y a la recuperación gozosa de los mejores momentos del pasado: la alegría juvenil de los años universitarios, marcados por la diversión y la camaradería; el encuentro con María, la amada del poeta (que después se convertiría en su adorada esposa); el rescate de los felices días de infancia en Granada, alimentado por la rememoración de hechos y seres concretos (como los festejos del Corpus granadino o la vieja criada "Pepona"); el recuerdo de los padres, enfocado con especial cariño hacia la figura materna; etc.



La sorpresa se acentúa aún más cuando Rosales - que sigue anclado al uso pródigo de imágenes, pero ahora desde un sosiego más cercano a la serenidad

de la prosa, y muy ajeno ya a ese clamor juvenil y apasionado que, ante la belleza de las cosas, resonaba en los versos de Abril - trasciende la racionalidad del mero recuerdo para adentrarse en un dominio irracional; es decir, cuando el poeta echa mano de los mejores procedimientos constructivos del surrealismo para pasar de la simple evocación memorística a la inquieta y sugerente imaginación onírica. Todo ello hace de La casa encendida una obra verdaderamente rica y singular dentro del panorama literario español contemporáneo, tal vez el poemario más interesante de la posguerra después de la aparición, en 1944, de Hijos de la ira, del ya citado Dámaso Alonso.



Transcurridos dos años desde la publicación de su obra maestra, el escritor de Granada volvió a los anaqueles de las librerías con Rimas (1951), una nueva entrega poética cuya calidad y hondura se remontan al mismo nivel alcanzado en La casa encendida, lo que vino a confirmar la inclusión de Luis Rosales entre las voces líricas más descollantes de mediados del siglo XX. La intensidad de esa emoción íntima que ya estaba presente en los versos del poeta desde los comienzos de su trayectoria literaria alcanza en este poemario cotas difíciles de superar (como, v. gr., las coronadas en la composición dedicada a su madre muerta), lo que no es obstáculo para que, en otras piezas de esta colección, triunfen la gracia y delicadeza de esa inspiración andaluza que, en cualquiera de los tonos y registros recorridos por Rosales, siempre matiza el estilo particular de Rosales. Por lo demás, la recurrencia de algunos motivos como la luz y el recuerdo delimitan ya a la perfección, en este nuevo poemario, los senderos temáticos por los que transita la sosegada voz del poeta granadino: "Para volver a ser dichoso era / solamente preciso el puro acierto / de recordar... Buscábamos / dentro del corazón nuestro recuerdo. / Quizá no tiene historia la alegría. / Mirándonos adentro / callábamos los dos. Tus ojos eran / como un rebaño quieto / que agrupa su temblor bajo la sombra / del álamo... El silencio / pudo más que el esfuerzo. Atardecía / para siempre en el cielo. / No pudimos volver a recordarlo. / La brisa era en el mar un niño ciego" (Lo que no se recuerda)



Tras muchos años de silencio editorial, Luis Rosales Camacho volvió a situarse en el primer plano de la actualidad cultural española con la publicación, a finales de los años sesenta, de El contenido del corazón (1969), un libro -aunque poético - escrito en prosa, y redactado en su formulación original hacia 1940. Abandonado en un primer momento, este volumen fue luego corregido y aumentado por el propio autor, al descubrir en él unos rasgos característicos que anticipaban ya, en fechas tan tempranas, los mejores logros de su producción posterior. Así, v. gr., la simbiosis entre una voz lírica y un enfoque narrativo que después triunfará plenamente en La casa encendida hunde sus raíces en esta obra, en la que también la figura de la madre muerta se convierte en uno de los ejes temáticos principales (como ocurrirá después en Rimas); además, la obsesiva presencia del recuerdo asoma también entre las páginas tempranas de El contenido del corazón, como preludio de uno de los rasgos, más que temáticos, podría decirse que estructurales de la poesía de Luis Rosales.



Esta difícil pero magistral combinación de lirismo íntimo y enfoque narrativo reaparece en un nuevo poemario de Luis Rosales, Diario de una resurrección (1979), donde, aunque sin reiterarse con tanta frecuencia como en otros poemarios anteriores, alcanza cimas de extraña, deslumbrante y desasosegante emoción en un par de composiciones. En la primera de ellas, titulada Guardo luto por alguien a quien no he conocido, el poeta relata el estremecimiento y el posterior recogimiento respetuoso que le produce el jadeo mortal escuchado a través de la pared que separa dos habitaciones de un hospital; en el segundo poema de Diario de una resurrección que mezcla sabiamente lirismo y narración, el escritor granadino parte del vulgar título Se llamaba Molina para describir a un pobre hombre y relatar algunas de sus acciones corrientes.



Tras la aparición de Verso libre (Barcelona: Plaza & Janés, 1980), el poeta de Granada, ya con setenta años cumplidos, dio a la imprenta La carta entera, obra constituida por dos poemarios independientes en los que esa extraordinaria maestría de Rosales para combinar lírica y narración llegó a su máxima perfección. El primero de estos poemarios, titulado La almadraba (1980), es en realidad un único poema extenso configurado por múltiples composiciones sueltas que, una tras otra, van conformando una auténtica narración: la llegada a un pueblo en el que el lector descubre una almadraba (con la consiguiente descripción de los atunes) y en el que aparece, de pronto, la fuerza irresistible del amor.



La segunda colección que configura La carta entera, presentada bajo el título de Un rostro en cada ola (1980), añade a esa elogiada mezcla que dota de enorme originalidad a toda la poesía de Luis Rosales otros ingredientes tan atractivos como el humor y, desde luego, el recuerdo de sucesos y personas que compartieron con el poeta tiempos pasados. Asoma, así, a través de estas páginas la ya lejana llegada del poeta a Madrid; la estancia en el bar Aquarium en compañía del amigo Ernesto (al que Rosales conoció por mediación de Federico García Lorca); el recuerdo - entre tierno y burlón - del castigo que impuso una monja al niño Luis Rosales en un colegio granadino; y, en suma, diferentes hechos y figuras que son evocadas entre la ternura y el buen humor, dentro de una sana invitación a la alegría que recorre no sólo los poemas de Un rostro en cada ola, sino todas las páginas de La carta entera.



Por aquellos años, el escritor de Granada -que había fijado su residencia en el pueblo madrileño de Cercedilla desde 1961, y había sido elegido miembro de número de la Real Academia Española en 1962 - era ya una de las figuras más ilustres del panorama cultural español, en el que había sido objeto de numerosos reconocimientos y galardones. Su presencia activa en numerosos frentes artísticos e intelectuales se vio bruscamente interrumpida a raíz de una grave enfermedad (un derrame cerebral) que, tras apartarlo durante mucho tiempo de la primera plana cultural, no llegó a costarle la vida, pero sí le hizo perder algunas facultades imprescindible para el desempeño de sus actividades intelectuales (como la memoria y el habla). Con un tesón y un vigor impropio de un hombre de su edad, el septuagenario Luis Rosales tuvo que realizar un esfuerzo encomiable para aprender de nuevo a leer y escribir; pero logró recuperarse y continuó escribiendo sus ensayos, artículos y colaboraciones periodísticas hasta que, a los ochenta y dos años de edad, la muerte le sorprendió en Madrid en 1992.

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